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Salina Cruz, Oaxaca. El grupo compacto se aproxima a la meta, vienen apretando fuerte, un grupo trata de despegarse del pelotón, quieren ser los primeros en llegar, el esfuerzo es titánico, no les importan los rayos inclementes del sol que los bañan por horas, no hay forma de combatir la deshidratación, las heridas de la jornada, fiebre, dolor de cabeza, de huesos, todo tiene que esperar al final, primero tienen que mantenerse firmes, aferrados al hierro como única esperanza de vida, caer de la bestia significa perder la posibilidad de llegar a cumplir su sueño americano de una vida mejor, incluso, podría costarles la vida, pero el esfuerzo vale la pena, su familia espera el primer envió de dólares y no pueden fallar.

Esta vez no hubo reflectores, nadie narró la travesía a campo traviesa de un grupo de jóvenes que de las naciones pobres del orbe, buscan cruzar la línea, una línea distante que los ubica de momento en un camino cubierto de maleza, de obscuridad, de soledad, de abandono, de vulnerabilidad en un camino lleno de peligros que imponen por igual policías municipales, estatales, federales, que grupos delincuenciales de todo tipo, de gente sin sentimientos que roba, golpea, secuestra, viola o mata por igual a mujeres, hombres y niños.

Los 100 metros planos se convierten rápidamente en 200, 300, 500, 1,000 metros de terreno agreste. Esta tierra no le pertenece a él, allá no tendría que correr porque unos hombres le piden papeles, papeles que demuestren que mojado no es.

La embarcación corta el agua, como el viento frío las carnes, todos juntos rezan en silencio porque lleguen seguros a una playa desconocida, porque se calmen las olas, porque la noche los cubra y no los vean los de la marina, porque no vuelque la lancha, porque no los abandone el pollero, lamentan no tener salvavidas, lamentan haberse subido, lamentan haberse perdido.

Ahí vienen, es sin duda la delegación más grande; morenos, rubios, de ojos rasgados, grandes, de cabello quebrado, lacio, altos, bajos, gordos, delgados, bonitos y feos, son ellos, míralos, siéntelos, son tus hermanos y hermanas, son los migrantes del mundo, y si soportar hambre, sed, lluvia, sol, obscuridad, soledad, enfermedad, dolor, abusos, malos tratos, humillaciones, vejaciones, privación ilegal de la libertad, deportación, miseria, si esto fuera una competencia olímpica, si contara en Londres, ellos seguramente serían medallas de oro, de plata de bronce, pero no quieren nada de eso, solo quieren un trato mejor, una mano amiga, un gesto solidario, un vaso de agua, una sonrisa, una vida mejor.

 

* Corresponsal de La Jornada (México)