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En mi primera carta, “La juventud en Nicaragua” (END, 29 de junio, 2012), mostrábamos en grandes trazos de nuestra historia el protagonismo de la juventud, épico y dramático, unas veces pasto de intereses ajenos a ella, otras asumiendo responsabilidades históricas. Su mirada y toma de posición, debe también situarse a escala planetaria en un mundo que ha llegado a la crisis más grande de su historia.

El hombre creó la guerra hace unos 8,500 años. Millones de hombres, mujeres, jóvenes y niños han sucumbido en ellas, muchas veces sin ser conscientes de las causas en uno y otro bando. ¿Sabían ustedes queridos jóvenes que el ser humano es el único que hace la guerra a su misma especie? ¿Que las ballenas cuando son perseguidas, la más vieja entre la manada se desvía del resto, inmolándose ante el cazador para que las otras se salven?

Apenas en el siglo pasado la humanidad vivió dos grandes guerras mundiales. Después de la primera, la conciencia humana, espantada de tanta muerte y sufrimiento, creó la Sociedad de Naciones con el fin de que no se volviera a repetir, pero veleidades de raza superior, necesidades de nuevos mercados y la maquinaria militar se impusieron y nuevamente se vivió la gran matanza que cobró más de 60 millones de vidas. Se creó las Naciones Unidas con el firme propósito de preservar a las nuevas generaciones del flagelo de la guerra, como señala la Carta.

El mundo surgido del fin de la Segunda Guerra, fue dividido en dos grandes megabloques, ideológicos y geoestratégicos. Lo mejor del conocimiento, la capacidad científica y tecnológica se concentró en lo que se llamó Guerra Fría, que generó la producción de armamento jamás imaginada, capaz de acabar varias veces con la vida en el planeta, se desarrollaron guerras locales y regionales, pero de altísimo costo humano, material y medioambiental: Corea (murieron 3.5 millones de personas); Vietnam (5.7 millones de personas); la matanza de los comunistas en Jakarta (1.5 millones de asesinados), medio oriente, las guerras de descolonización en África, las dictaduras militares en América Latina, etc.

El campo socialista implosionó, la humanidad vivió un hálito de esperanza de que con el fin de la Guerra Fría, un mínimo de aquellos recursos se destinarían a acabar el hambre, a promover el desarrollo. ¿Sabían ustedes que diariamente 65,000 personas mueren de hambre y que el mundo gasta 4,500 millones de dólares en armamento?

Ahora, el gran capital transnacionalizado, inextricablemente unido al complejo militar industrial están produciendo guerras tras los recursos naturales, enmascarados por doctrinas demenciales de la guerra preventiva y protección de los pueblos se atizan confrontaciones internas por factores religiosos, étnicos, culturales: la guerra de Los Balcanes (más de 100,000 víctimas, 5,000 mujeres fueron violadas masivamente en un campo de concentración Serbio), la matanza inter-étnica de Ruanda (1 millón de muertos, la etnia tutsi fue diezmada en un 80% de su población, un día amanecieron flotando 47 mil cadáveres en el Lago Victoria, los medios de comunicación azuzaban el exterminio étnico).

Se manipula a sus intereses a las Naciones Unidas, se interviene militarmente a través de OTAN, Irak (más de 3 millones de muertos), Libia, Afganistán, se generan situaciones de guerra como en Siria y más de 70 conflictos armados locales que existen en el mundo. Ustedes se preguntarán:

Entonces, ¿la violencia y la guerra son inherentes al hombre? Debo decirles que está científicamente comprobado que ellas no obedecen a una predisposición genética del hombre, este, así como creó la guerra puede crear la paz, el ser humano trae un impulso, una vitalidad, pero esta puede -depende de su proceso de socialización, educación- orientarse hacia la violencia y destrucción o hacia la cooperación y creación.

¿Es inevitable esta tendencia histórica? Dice Francisco Lacayo, que es más inevitable la paz que la violencia y la guerra, porque el hombre nace para vivir, para la paz y para la construcción de la felicidad. ¿Saben ustedes que hay pueblos que nunca guerrearon? Un ejemplo es Islandia, país de pescadores, no conoce la guerra, por eso allí Gorvachov y Reagan firmaron los primeros acuerdos de desarme nuclear. ¿Qué hacer?

¡Construir la paz!

 

* Director Instituto “Martin Luther King”, Upoli