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Por primera vez en mi vida, como escritor de artículos de opinión, me veo obligado a tomar la pluma impulsado por un sentimiento intolerable de vergüenza personal.

Escribo para solidarizarme con los jóvenes que protestaban frente a las instalaciones del Consejo Supremo Electoral, exigiendo elecciones limpias.

Ellos fueron violentamente reprimidos una madrugada por las turbas orteguistas, y en la refriega salió una muchacha afectada con un corte en la cara que ameritó se le aplicaran catorce puntadas.

De esas horribles lesiones nadie se hace responsable. La Policía, como es habitual, se limita a prometer que investigarán el caso, pero no lo hacen, continuando con la burda farsa y la pantomima de siempre.

El rostro de esa valiente y patriótica joven nicaragüense, totalmente desfigurado y arruinado para siempre, me persigue como una pesadilla. Y me hace sentir muy mal. Ella se sacrificó por nosotros. Mientras ella protestaba, a la intemperie, por el respeto al imperio de la ley y de la Constitución, yo me limitaba a estar sentado en mi casa, como un espectador. Me mantuve alejado por temor a represalias, ya sea en el plano físico o en el ámbito laboral. Miedo a una pedrada, o a perder la posibilidad de obtener algún trabajo, sea temporal o permanente, con el gobierno.

“Cuando en un país hay muchos hombres sin decoro –decía José Martí— hay otros que llevan en sí el decoro de muchos hombres”. Ese decoro, precisamente, es el que reivindicaban los patriotas, hombres y mujeres, alzados en protesta contra la desfachatez gubernamental.

Me avergüenza no haberme hecho presente frente a los jóvenes acampados en Metrocentro, quienes fueron desalojados mediante el recurso de gratuitas remodelaciones improvisadas por la Alcaldía de Managua, orientadas directamente desde la Secretaría del Frente Sandinista.

Todos los opositores estamos en deuda con esa ciudadana ejemplar, heroica y digna. Nada va a servirle ya para recuperar la tersura de su rostro. Pero ella debe tener cuando menos el consuelo de saber que hay en Nicaragua personas que sabemos apreciar el inmenso valor de su gesto, el cual más temprano que tarde será reconocido en la forma en que se debe. Eso se logrará, con la ayuda de Dios, el día que la democracia retorne a nuestro desdichado y atribulado país.

* El autor es Economista y traductor