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Podría suscitar una hipótesis interesante, un ensayo que verse sobre la relación sugestiva entre el poder y la literatura. Baste pensar, como Dario Fo, que la literatura sirve para reflexionar en la propia dialéctica. Dario Fo sostiene que la sátira, desde Aristófanes, es el arma más eficaz contra el poder: el poder –dice- no soporta el humor, ni siquiera los gobernantes que se llaman democráticos, porque la risa libera al hombre de sus miedos, y la sátira, por contar la verdad sobre el poder los involucra en una rebelión.

Karlos Navarro, en un artículo de opinión publicado en El Nuevo Diario, el 26 de julio, con el título “Poder y literatura”, sostiene que existe en Nicaragua una elite del poder, no de la literatura. Navarro fantasea, así, que pueda existir una elite de la literatura con la misión de sustituir a la elite de poder.

La literatura no tiene carácter administrativo, ni coercitivo, sino que es un producto cultural que, evidentemente, como tal, refleja formas de la conciencia social.

Para definir la ideología Navarro expresa que “es la construcción de un canon que se nos impone como cierto y verdadero, y se ve condicionado por un grupo de intereses que promueven determinadas ideas para engañar a otros”.

Así, la compleja función social y política que desempeña la ideología dominante, Navarro la reduce a una simple engañifa. Navarro insiste: “la literatura debería basarse, por el contrario, en presupuestos estéticos, nunca ideológicos”.

Evitaríamos tanta confusión si precisamos metodológicamente que el poder económico, basado en la explotación necesita de un poder político para sostener las relaciones sociales que se derivan del proceso productivo. Pero, el poder social, además de una estructura coercitiva, requiere una legitimación ideológica, de naturaleza cultural.

Ciertamente, más eficaz como recurso de dominación, ya que reproduce en la conciencia la hegemonía social que se sustenta en el sistema económico. Aunque lo decisivo, en última instancia, en la lucha de clases es el aparato coercitivo.

Cuando Navarro dice que la literatura nunca debe basarse en presupuestos ideológicos, pretende para el arte un reino estético aparte. Y construye para la literatura la famosa torre de marfil (“turris eburnea”). Contra el reino de marfil, quien asesta los más efectivos bastonazos –desde adentro y desde afuera de la torre carcelaria-, es la propia cultura, precisamente, por su naturaleza ideológica, no necesariamente revolucionaria, pero que refleja los cambios dialécticos de la conciencia productos de la realidad contradictoria.

Navarro supone que el arte pueda estar incontaminado de presupuestos ideológicos; peor aún, pretende que se mantenga incontaminada la literatura, el arte más conceptual, que se nutre, a menudo, no sólo de la sociología, de la psicología, de la ciencia, sino, incluso, de la filosofía, para recrear artísticamente aspectos de una realidad contradictoria, de la que toma sus textos y que incluye la sutil y precaria autoconciencia.

El arte observa la realidad en una dimensión estética propia, de tiempo y de espacio, y con un toque artístico dibuja la línea transparente que une la singularidad histórica objetiva, con la particularidad subjetiva, que influye en los saltos de la conciencia.

En este proceso, la literatura inteligente, asiste también, de forma más o menos consciente, a los alumbramientos de la historia.

Obviamente, Navarro tiene un concepto muy embrionario de la teoría del Estado y, por ende, de la ideología, y del rol dinámico que esta desempeña en el orden social. A este respecto, Navarro afirma que desde el punto de vista social la ideología sirve para justificar el poder y para integrar a la sociedad políticamente, pero en base a la obediencia y la dominación.

Es falso que la ideología sea un instrumento de conquista política, al margen de las relaciones de producción. Marx, en los “Anales francoalemanes”, concluye que tanto las relaciones jurídicas e ideológicas como las formas de Estado no pueden comprenderse por sí mismas, sino que, por el contrario, radican en las condiciones materiales de vida, y que la anatomía de la sociedad civil hay que buscarla en la economía política.

La literatura, por lo tanto, refleja, estéticamente, la lucha ideológica que corresponde a las formas de conciencia social de la realidad. La idea literaria más antigua es la utopía libertaria rebelde que, bajo la forma satírica aborrece en todas las sociedades históricas los privilegios obscenos del poder.

* Sociólogo