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Tengo un sobrino, (que no es sobrino, pero de tanto llamarme tío, se ha ganado el puesto), que me trajo sus notas hace poco. Está en primer año y el boletín del colegio ya es toda una declaración de intenciones.

El primero de los aspectos que se valora, según anota su maestra a mano, es el siguiente:

“El niño identifica y respeta los símbolos patrios”.

A primera vista, la valoración parece inocente, más bien positiva, pero quizá habría que detenerse un momento a pensar de dónde viene ese interés porque el niño identifique los símbolos patrios.

Entiendo que se aprecie la relación del niño con su entorno, pero me parece que los símbolos patrios son sólo eso, símbolos consensuados, que además pueden cambiar bastante con el tiempo. No se trata de un problema del sistema educativo nicaragüense sino de muchísimos otros países en el mundo.

Entre los comentarios que escriben los maestros en los boletines de notas, encontraremos otras cosas, como las de que el niño memoriza bien el Himno Nacional. De hecho, otra sobrina me lo cantó hace poco por teléfono y sin equivocar una sola letra desde “el Salve a ti” hasta “la enseña triunfal”. Apenas tiene cuatro años.

En septiembre también los veremos desfilar con la bandera bicolor. Y no, no hay nada malo en eso… Aunque cabe una duda: ¿cuál es el objetivo de formar estudiantes como si fueran soldados? Ya. Ok. Es una exageración. Sin embargo…

Creo que el nacionalismo, y más cuando impregna el sistema educativo, tiene una doble cara perversa que va en contra del desarrollo y la apertura de un país. Los planes educativos, al final manipulados desde la política, tienden a llevar al extremo la tendencia de estudiar y repasar mil veces la historia, la literatura y la cultura nacional (aunque algo falla, porque ni siquiera así, muchos estudiantes acaban de fijar esos conocimientos, según demuestran las evaluaciones a nivel nacional).

Se quiere reforzar la identidad de un país frente a los demás, es decir, inducir a la idea de que somos diferentes, muy diferentes los unos de los otros, y casi mejores, aunque después nos creamos peores.

Después de criarme y estudiar en Andalucía, pasé unos años pensando que no había nada mejor en el mundo que esa región del sur de España, para luego caer en la consideración de que éramos el último mono. Después al venir a vivir a mi otra tierra, Nicaragua, me dio por hacerme tan nica como el pinol, hasta sandinista simpatizante me hice, de los que iban a las actividades y mítines en los 90, cuando apenas quedaban cuatro gatos. Más tarde descubrí que no había contradicción entre ser andaluz y nica, dos medias caras de un mismo rostro con los mismos complejos.

Creo que todos hemos sido víctimas de un sistema educativo empeñado en reivindicar lo extremadamente local (el terruño al final se ama con la vida y no sólo con los libros). Es un misterioso escándalo que un estudiante nicaragüense apenas pueda mencionar nada relevante de la historia, no ya de otros territorios lejanos, sino de sus vecinos hermanos, como Honduras o El Salvador.

Esto parece más una preparación para la guerra y no para el amor a la tierra que es mucho más grande que lo que dicen los libros. Porque, ¿acaso no es Nicaragua también el nica que se fue en el tren de la muerte a Estados Unidos y el que allá se casó y tuvo familia, o el que se fue a España y va y viene con mezcla de acentos, costumbres y culturas? ¿Quién puede decir que eso no es Nicaragua? ¿No lo es también el extranjero que viene y transpira Nicaragua? ¿No es Nicaragua la que corta café en Costa Rica, o dirige el tráfico en San Francisco? Y si es esto y mucho más que lo que dicen los textos, la historia y su literatura, por qué no se abren las páginas de nuestros textos al mundo de una vez, y olvidamos, al menos en los planes educativos, la lógica de hacendados de siglos pasados.

* Escritor