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La actitud del doctor Jorge Eduardo Arellano es ejemplar, al siguiente día de mi conferencia dictada en el TNRD, el 09.07.12, me llamó para felicitarme, obsequiándome además dos valiosos libros que han venido a robustecer mis conocimientos darianos. La afectuosa dedicatoria en uno de ellos, manifiesta en él ser permeable a la razón. “Solamente el mediocre no reconoce el talento de los otros”, sentencia el naturalista francés Claudio Gay Mouret.

Cuando en 1906 Darío compone su “Salutación al Águila”, ya el 15 de marzo de 1892 había escrito en El Heraldo de Costa Rica, lo siguiente:

“Por el lado de Norte está el peligro. Por el lado del Norte es por donde anida el águila hostil. Desconfiemos, hermanos de América, desconfiemos de esos hombres de ojos azules, que no nos hablan sino cuando tienen la trampa puesta. El país monstruoso y babilónico no nos quiere bien. Si es que un día, en fiestas y pompas nos panamericaniza y nos banquetea, ello tiene por causa un estupendo humburg. El tío Samuel es el padre legítimo de Barnum (animador y empresario de circo norteamericano). “América para los americanos” no reza con nosotros. América es para el hombre de la larga pera, del chaleco estrellado y de los pantalones a rayas. Si Whittier canta el amor mutuo en el mundo nuevo, Blaine entre tanto, dora los azulejos. Mas las dos razas jamás confraternizarán. Ellos, los hijos de los puritanos, los retoños del grande árbol británico, nos desdeñan en nombre del bifteack. La raza latina es para ellos, absolutamente nula. Musculosos, pesados, férreos, con sus rostros purpúreos, hacen vibrar sobre nuestras cabezas su slang ladrante y duro; aunque en cambio, miss Jonatham gusta de los hombres ardientes de ojos negros”

De la bandera admirada por Darío, dejemos que nos la describa Mark Twain (1835-1910), considerado por mí, por su incisivo sarcasmo, el Rabelais norteamericano. Oigámosle:

“Podemos tener una bandera especial, como la tienen nuestros Estados: podemos pintar de negro las bandas blancas de nuestra bandera corriente y sustituir las estrellas por la calavera y las tibias cruzadas. Hemos invitado a nuestros nobles jóvenes a que se echen al hombro un mosquetón desacreditado y a dedicarse al bandidaje bajo los pliegues de una bandera que los bandidos estaban acostumbrados a temer, no a seguir; hemos mancillado el honor de los Estados Unidos y afrentado su rostro ante el mundo”.

Sé que lo que escribo, lo que aclaro es duro para los darianos a ultranza, les golpea, les ofende, y ante la impotencia de desmentirme se llenan de ira. ¿Por qué no dijeron ellos antes al pueblo lo que yo estoy diciendo ahora? Algunos callan cautamente, pocos se atreven a saltar a la palestra con sus viejos argumentos oxidados. Sus exageradas alabanzas a Darío han desfigurado al poeta, por eso él dejó escrito:

“Cuando el maestro muere, siempre la biografía es escrita por Judas. Brota la inevitable falange de anecdotistas, de personas que le conocieron íntimamente, aunque apenas hayan oído de sus labios una sola palabra, y el pobre e ilustre difunto queda horriblemente amasado, deformado, profanado por las torpes manos”. Eso es precisamente lo que nuestros darianos han hecho con él. El argentino Raúl González Tuñón tiene toda la razón al decir que los darianos “le han hecho mucho daño a Darío”.

“Si los perros ladran querido Sancho –dice don Quijote a su escudero –es porque vamos cabalgando”. Yo seguiré cabalgando, el Príncipe Darío ordena: “al que ilustremente delinque, ilustremente se le condene”. Hay que obedecerle

* Escritor autodidacta