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Fue a inicios de 1980 con la llegada al poder de Ronald Reagan y Margaret Thatcher que el fundamentalismo de mercado se instauró, implantado la doctrina que “los mercados son perfectos” y que el libre mercado es beneficioso para todos, esta doctrina se tomó como un dogma de fe; incluso se decía que toda imperfección del sistema económico lo resolverán los mercados porque ellos siempre buscan el equilibrio.

De la mitología económica apareció la famosa mano invisible de Adam Smith y se reinterpreto bajo el concepto de que los mercados sin restricciones conducen, guiados por una mano invisible, a resultados eficientes. Otra fábula era que el Gobierno era grande y malo que nos obliga a pagar grandes impuestos y nos regula mucho.

Estos mitos fueron llevados a nivel de verdades absolutas y le dieron cuerpo a la llamada teoría neoliberal y florecieron divulgadas desde los años 70 por economistas como Milton Friedman, para quien el mercado es lo único que importa, para esta corriente de pensamiento es el hombre el que debe adaptarse a las necesidades del sistema económico y no el modelo económico el que debe adaptarse a las necesidades humanas.

Con la caída del muro de Berlín en 1989 y el fin de la Guerra Fría fue evidente la victoria de la economía de mercado sobre el socialismo, Francis Fukuyama en su popular libro El fin de la historia, afirmaba que el liberalismo económico y político se había impuesto en el mundo.

En la década de los 90 en los países desarrollados hubo un período de crecimiento económico, en Estados Unidos, y a esto se le llamó la nueva economía por los incrementos de productividad que duplicaban a las anteriores décadas, pero paralelo a esto hubo una desregulación desenfrenada, esta desregulación abarco al sector financiero, se entregaron las riendas al capital financiero para que este se autorregulara y buscara su equilibrio sin tomar en cuenta la movilidad del capital, cuestión clave pues éste se dirige a donde se encuentran mayores rendimientos.

Los fundamentalistas de mercado se percataron que la falta de regulación podría ser el engendro del mal cuando al iniciar el nuevo milenio se observaron grandes estafas, empresas como Enron, utilizaron contabilidades engañosas para defraudar a miles de inversionistas en el mercado de valores, generando la falta de confianza en el Sistema Financiero norteamericano.

Aquí surgió la famosa ley Sarbanes-Oxley de 2002, pero cinco años después, en 2007 se inicia en Estados Unidos la llamada crisis hipotecaria que se exportó hacia Europa y desde entonces se convirtió en una crisis mundial, se analizaron las causas y se buscaron culpables, identificando de inmediato al fundamentalismo de mercado por la falta de regulación y la liberación en los mercados financieros.

El antídoto inmediato fue que los estados en los países en crisis se endeudaran para salvar a los sistemas financieros, en un contra sentido al fundamentalismo de mercado. Hoy día con la gran crisis en la Unión Europea, Estados Unidos y Japón nadie duda que el capitalismo se encuentra en dificultades, pero no hay que confundirse con que este es el fin del capitalismo, ya que este es un sistema económico que se desenvuelve a través de crisis periódicas siempre ha tenido periodos de auge y depresiones, desde los años 20 del siglo pasado el economista ruso Kondratieff, dedujo los ascensos y descensos del capitalismo indicando que hay ciclos de 30 años de subida y 20 o 30 años de caída, según Joseph A. Schumpeter la variable determinante es la innovación.

Hoy vemos la intervención total de los estados en la crisis financiera y económica, también los miles de millones de dólares enviados por los estados en crisis a los bancos e instituciones financieras para salvarlas, todo esto demuestra que es el fin del fundamentalismo de mercado pero no del capitalismo.

* Msc. CPA, CAMS