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La cooperación ofrecida a El Cairo por los dirigentes de Hamás no ha evitado que Egipto se disponga a sellar el laberinto de túneles consentidos que comunican su territorio con la aislada franja y constituyen su soporte vital.

Para el nuevo presidente egipcio, el islamista Mohamed Mursi, el asesinato de sus soldados por pistoleros enmascarados representa no solo la primera gran crisis de seguridad de su mandato, sino también somete a prueba hasta dónde está dispuesto a cooperar con Israel.

Los suyos no se lo van a poner fácil después de que la página Web de los Hermanos Musulmanes, la fuerza política dominante en Egipto, a la que Mursi pertenece, atribuyera el sanguinario ataque al espionaje israelí en un supremo gesto de irresponsabilidad.

La gravísima disonancia ilustra la necesidad de poner la jefatura del Estado del más importante país árabe a resguardo de la maquinaria de agitación de un partido que, pese a vencer en las urnas, sigue padeciendo los reflejos de la semiclandestinidad.

Tanto a Egipto como a Israel les interesa sobremanera mantener en calma una frontera que, con altibajos, ha permanecido gobernable desde que ambos enemigos firmaran su Tratado de paz. El asalto del domingo debe servir a El Cairo para prestar por fin atención militar y económica a una zona desértica, tan misérrima como crítica, que tras el derrocamiento de Hosni Mubarak hace año y medio y el vacío subsiguiente se ha hecho terreno abonado para el fundamentalismo violento.

* Editorial El País