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La puerta de silencio es derrumbada. Nadie tiene ojos para ver ni palpar. Nadie en oposición, se juega su exhibición al párpado que violenta el amanecer. Meditaciones absuelven al cronista y el ruido de la anterior noche aún se mueve entre perros, autos veloces y prostitutas en la esquina alcanzando la otra orilla de un sueño.

La nostalgia se para de cabeza, cuando la memoria (como un grito, una canción caída o un pañuelo muerto) desde un cielo de fuego abre sus mil puntas de sus cosechas festejadas, cuando se acaba el amor. En este momento, de soterrada desgracia, el poeta (que hasta ahora se empeña en realizar genuflexiones) no cree en su oído (no le subleva un signo ni devela que antes fue el recuerdo y ahora con el asta magullada es la memoria la que suelta sus refracciones intermitentes e impertinentes).

Me veo jugando en su sombra y elevando un barrilete o la tristeza. La puerta de mi casa en la infancia se sabe de memoria mis pasos. Ha seguido los instantes de mi respiración. No temo que haya incubado en su sombra la frialdad de una sospecha. La memoria, (la que se queja en el ruido por el ruido) no puede atolondrarme, no puede amonestarme.

He dicho mil veces o más que no debe enjuiciarme ni le debo a ella, ni al juicio de sus palabras, la valentía de soñar despierto. Es más, si me remito a sus cuentas (como un chorro de insomnio) no aparece la tentación de la cobardía. No puede evitar mis pensamientos, ni se puede exaltar con mis reclamos.

A veces, odio a la memoria por retrechera, viscosa, altanera y dueña de un humor repugnante. Porque me niego a recibir más golpes en mi espalda. Creo que a veces se comporta como si fuese un enfermo terminal y no me importa. A veces debo confesar que la memoria es un niño infeliz por bueno y por manso. Aunque por lo general es agresiva, cautiva, y sin querer echarle flores con la imaginación, encantadora.

Mi padre (en un rapto inspirador que pocas veces disfruté) señaló algo que ahora viene a mi mente y se clava en mis ojos: La memoria –dijo- es como un fantasma que aparece sin ser llamado, lleno de sorpresas, imaginando lo que viene y lo que va como un juicio que trasciende y se pega al cuerpo, a los huesos.

Otro impulso de la memoria es que ocupa cualquier escenario para hacer realidad el furor de las remembranzas. Clava su pico como un terremoto. Pinta la ciudad perdida, estrujada. Es cincel sonoro y cartel estruendoso en la sombra. Apaga luces para esconderse del dolor.

Es un dolor de cabeza ser atropellado por la memoria. El cronista de la memoria enfrenta el día a día, el misterio, el hosco transitar de los pájaros de la excusa, y también a Ella, que nunca cambiará la regla del vivir, como una estatua que levanta vuelo.

La memoria no cree en mí, ha vuelto del hondo rumor y me dobla la espalda. Me insulta y se esconde en mi amanecer. En mi olor a palabras enamoradas. La memoria se enfrenta a muerte a la puerta del silencio, para evitar que mi sangre corra, y me avisa de la sabiduría de su odio.

La memoria no descansa. Quiere verme muerto.

* Poeta y periodista