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Si hay una experiencia que todos compartimos, comprobada por lo menos una vez a lo largo de la vida, es que en cualquier momento (mañana, en los próximos meses, o en el minuto siguiente antes de que usted termine de leer este artículo) todo puede cambiar por completo y de repente. Lo que uno sabe y ha visto, lo que tiene y lo que espera. Lo que recuerda. Todo.

Por eso aún me cautiva esa imagen con la que Jostein Gardeer, en El mundo de Sofía, describe la curiosidad: a la hora del desayuno, un niño de poca edad observa, divertido, como su padre levita sobre la mesa de la cocina, mientras la madre está a punto de un ataque de histeria. Quizá los niños no dejan de crecer porque saben que siempre hay algo nuevo que pueda suceder; y quizá los adultos menguan porque van perdiendo la capacidad de asombro.

Bueno, dicen que este es el recurso de los desesperados, pero también la tragedia de los confiados y optimistas. Alguien está sentado a la entrada de su casa, rumiando sus recuerdos de días y de años. A sus espaldas las posesiones escasas que han costado tanto, el rumor de los hijos o los nietos, o el recuerdo congelado en un retrato húmedo. Y entonces la tierra tiembla, y en un solo instante, la memoria, los sueños y todos los afanes se reducen a una mera lucha por la supervivencia que, de conseguirse, da paso al comienzo de una nueva forma de vida. Esto mismo lo han experimentado los millones de desplazados y refugiados de todo el mundo. Lo han vivido hasta los presos de los campos de concentración, como nos cuenta un psiquiatra que sobrevivió a ellos, Viktor Frankl, en su libro El hombre en busca de sentido. Incluso allí, ellos sabían que de un día para otro la vida podía cambiar de repente, aunque ese cambio supusiera algo pequeño.

Hace unas semanas cuando se dio la noticia de los científicos que encontraron la mínima partícula de la materia (llamada partícula de Dios), me ocurrió lo mismo que hace unos días cuando una nave enviada por la NASA aterrizaba peligrosamente en Marte. Me acordé de que a mi padre le encantaba recrearnos aquella historia de La vuelta al mundo en ochenta días de Julio Verne, ambientada en la Inglaterra victoriana, y protagonizada por aquel caballero inglés convertido en explorador y aventurero por una apuesta. Su siglo estuvo lleno de ese espíritu y de tipos como él.

De acuerdo, explorar puede ser una manera de huir de todo ese mundo ordenado y predecible que es tan de mentira como lo hemos imaginado. Quizá por eso, muchos recomiendan escribir un diario para verse desde fuera, como una aventura de exploración en el que, de pronto, se descubren las muchas personas que uno ha sido, y cómo estas se encuentran en algún punto de esa selva “a mitad del camino de nuestra vida”, igual que le sucedió a Stanley con el explorador que se creía desaparecido años atrás en África y al que saludó con el famoso: “El doctor Livingston, supongo”.

Hace unos días que hemos llegado a Marte, con un robot, llamado precisamente “curiosity”. Hace unas semanas, parece que cazamos al bosón de Higgs, la llamada partícula de Dios. No hemos dejado de ser así. Por allá, lejos, en Marte nada menos, y por acá tan cerca, en lo invisible próximo al principio del mundo sensible. Seguimos volando, huyendo o queriendo llegar donde nadie antes. Es discutible la ingente cantidad de dinero que se gasta en todo ello. Pero esta “curiosidad” que nos mueve desde niños para dar la vuelta al mundo, para descubrir lo que hay en el fondo de lo más pequeño, o para comprobar que todo puede cambiar de repente, me parece una forma de amor.

Quiero decir que es el mismo espíritu con el que se mira a la persona amada al anochecer, y a pesar del tiempo, decirle “No. Aún no te conozco. Mañana, cuando amanezca, o cuando termine este último minuto del artículo, aún quedan muchos mundos por descubrir en el fondo de sus ojos, allí donde nadie antes…”.

sanchomas@gmail.com