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¿Ha visto usted que galana se ve la Virgen del Trono en su gran retablo dorado, con su corona recamada de piedras preciosas y su halo de oro y plata tan grande como ella? Además de llevar un traje de cielo, ahora luce un collar de perlas del tamaño de cebollines y dos aretes cuyos diamantes emiten una miríada de rayitos de luz.

A todos estos adornos debemos agregar un enorme rosario de oro y perlas que le fue obsequiado por el Papa. Sin duda que al rezar con esa prenda, que tiene la bendición papal, cualquier cristiano obtendrá las indulgencias necesarias para entrar al cielo y andar en él como San Pedro por su casa.

Tiene tantas alhajas la Virgencita, que se necesita la concurrencia de todo un pueblo en un día señalado, para que le laven lo que llaman su “plata”, amén que no se sabe que otras donaciones o herencias integran su capital, que sin lugar a dudas aumenta cada día con la limosna voluntaria y caritativa de sus miles de devotos.

La llaman la Virgen del Trono, porque precisamente está en un trono, igual que la reina de Inglaterra, la de España o la de Mónaco. Antes, en los días de su verdadera vida, me imagino que no tenia ni en que sentarse, sólo se vestía con el “encapillado”, pues como esposa de un humilde carpintero no podía estar “fashion”. Siempre vivió “coyol quebrado coyol comido”, como viven tantas mujeres madres de familia en los barrios pobres de Managua.

Nunca imaginó aquella María de Nazaret que tendría tantas riquezas, catedrales monumentales para su particular devoción, santuarios por doquier, cofradías a granel, miles de curas y monjas proclamando sus virtudes y unos pueblos indígenas que la adorarían ciegamente bajo diversas advocaciones.

Jamás se imaginó aquella María que en un país tan pobre como Nicaragua ella seria riquísima reina, poseedora de bienes y alhajas, además de bella, peinada a la moda y mujer complacida con la pleitesía de sus creyentes y admiradores.

Lo cierto es que la Virgencita del Trono esta “in”. No se sabe si a gusto o disgusto. Aunque hay que comprender que los tiempos cambian, lo que nunca cambia es el anhelo de belleza propio de las féminas (Aunque en esto los hombres no se quedan atrás). ¿Será que a la Virgencita también le gusta el “figureo”? Yo no lo creo. A lo mejor.

Lo cierto es que a las mujeres les gusta -¿Y a quién no?- estar satisfechas consigo mismas -porque de ellas es la totalidad de su físico y de su mística-, y siempre ligan sus vidas a los artificios que las hacen ver mejor.

Por eso es que comentamos el caso de la humilde mujercita madre de Jesús que ahora está “in” y tan “fashion” como las bellas que pululan en nuestro medio y las rutilantes estrellas del gran show mediático. Aunque la comparación parece indiscreta en su forma podría ser discreta en su trasfondo.

Hoy día el que fue el sexo débil defiende su derecho innegable a hacer de su vida un cartucho o un barrilete. Ese es un legítimo grito del derecho a la libertad. Pero es un contrasentido que en aras de la liberación caigan en manos de la explotación y manipulación de gigantescas corporaciones embellecedoras que con su propaganda las esclavizan.

Pero hasta aquí llego en este escrito donde en forma tangencial mencione a la bella y rica Virgen del Trono. Hablar de gustos y sobre todo de los gustos de las mujeres, es como criticar a los poetas que, en lo íntimo se despedazan pero se revuelven como avispas cuando alguien ataca a alguno de ellos.

¡O tempora! o mores! Decía Cicerón. Dejemos pues a la Virgencita del Trono tranquila con sus riquezas, bailemos con Mingo la samotana y los sones de Jerónimo alrededor de su ridícula montaña. Seamos como la filosófica abuela Santa Ana, que desde su taburete goza al ver a los chinegros volarse riata con sus varejones. Que siga la pobretería abriendo la boca ante los regios caballos y esperando el bocado que ofrezca el gran mayordomo de la fiesta.

“Laissez faire, laissez passer”, aunque después de nosotros venga el Diluvio que no será de agua sino de racimos atómicos.

* Catedrático de Periodismo