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Los Estados Unidos pudieron haber sido para América Latina como un hermano mayor que hiciera las veces de amoroso padre para con sus hermanos menores, pero no fue así. “Como gusanos en la sangre” – decía Martí en 1889 –“ha comenzado esta República portentosa a su labor de destrucción”. En 1815 se quejaba Bolívar: “No solo lo europeos, hasta nuestros hermanos de norte se han mantenido inmóviles espectadores en esta contienda”, y en 1829 profetisa:

“Los Estados Unidos que parecen destinados por la Providencia para plagar América de miserias a nombre de la libertad”. En 1889 Martí se lamenta: “Nosotros no teníamos más que un vecino que extendió los límites de su poder y obró contra la voluntad del pueblo para favorecer a los enemigos de aquéllos que peleaban por la misma carta de libertad en que él fundó su independencia”, y en 1891 alerta: “Pero otro peligro corre acaso nuestra América que no le viene de sí, sino de la diferencia de orígenes, métodos e intereses entre los dos factores continentales, y es la hora próxima en que se le acerque demandando relaciones íntimas un pueblo emprendedor y pujante que desconoce y desdeña. Un pueblo que desdeña a otro, es amigo peligroso para el desdeñado”.

Darío llamó a Bolívar Protocóndor de América, a Martí maestro, pero echó en saco roto sus advertencias, es execrable la desfachatez con que invita al águila norteamericana a tender sobre América sus “benéficas alas” cuando ya existían antecedentes de los fatídicos presagios enunciados por ellos. El 2 de diciembre de 1823, James Monroe, quinto presidente de la nación norteamericana (1817-1825), inspirado en el tiburónico Destino Manifiesto, creaba su nefasta doctrina “América para los norteamericanos”, ya México había sido despojado de más de la mitad de su territorio en 1848, Puerto Rico estaba en el buche del ave de rapiña, Cuba permanecía atada de pies y manos desde 1901 con la “Enmienda Platt”, y la férrea garra del animal hasta hoy hincada en el sangrante Guantánamo.

Darío, exhibiéndose ante el mundo como ignorante de estos hechos, invita sin recato alguno al águila para que venga a completar su devastadora obra ante el aplauso de nuestros intelectuales darianos borrachos de admiración por el Príncipe de las letras castellanas. Y el águila nos mandó a su aguilucho, oigamos sus confesiones en boca del Mayor-general Smedley D. Butler, declaradas en el Commonsense de Londres en 1935:

“Durante 33 años y cuatro meses presté servicio activo en la fuerza de mayor agilidad militar de los Estados Unidos de América: el Cuerpo de Infantería de Marina, en ella serví en todos los escalafones; desde segundo teniente a mayor general, y durante todo ese período fui el hombre fuerte de los grandes consorcios de Wall Street y de los banqueros. En otras palabras, fui un raquetero del capitalismo. En esas condiciones ayudé en 1914 a que México, especialmente Tampico, fuera fácil presa de los intereses petroleros. Ayudé a hacer de Haití y Cuba sitios adecuados para que los muchachos del National City Bank pudieran recolectar sus leoninos intereses. De 1909 (año en que fue derrocado del general Zelaya) a 1912 ayudé a purificar Nicaragua para beneficio de la casa bancaria Brown Brothers. En 1916 abrí los ojos de los intereses azucareros norteamericanos para que invirtieran sus capitales en la República Dominicana, a la vez que garantizaba sus inversiones. En 1903 ayudé a que Honduras madurase para las compañías fruteras norteamericanas. Durante esos años dirigí un “racket” que cada día era más productivo y mayor. Por ello fui premiado con honores, promociones y condecoraciones. Cuando contemplo mi pasado, pienso que seguramente le hubiera podido dar algunas sugerencias a Al Capone. Lo más que éste pudo hacer fue operar en tres distritos de Chicago. Nosotros, los de la Infantería de Marina, operábamos en tres continentes”.

¿Qué dices tú de esto, Juan Pueblo?

* Escritor autodidacta