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  • EL PAIS

El presidente venezolano está hoy más cerca que ayer de revalidar su mandato el próximo 7 de octubre. Hugo Chávez dispone de todo el poder y recursos del Estado para asegurar la victoria multando a sus críticos -la cadena de TV Globovisión-; forzando a todas las emisoras a que emitan sus interminables proclamas; procurando que los medios públicos o asimilados obren con parcialidad descarada en favor del poder; haciendo que los empleados estatales donen un día de salario para la campaña electoral; y, por añadidura, un notable éxito de su política exterior, el ingreso de Venezuela en Mercosur, sitúa desde la semana pasada al presidente aún en mejor posición ante los comicios de octubre.

La utilización de público, dinero, persuasión mediática y seducción personal la justifica el líder bolivariano argumentando que estas no son elecciones entre propuestas igualmente legítimas, sino que enfrentan a Cristo y Anticristo, la revolución popular a la reacción imperialista encabezada por un esforzado pero nulamente carismático Henrique Capriles, que recorre decenas de kilómetros a pie en campaña para demostrar cuando menos que, a diferencia de Chávez, a sus 39 años no tiene que temer a la parca. Chávez ha hecho un negocio excelente con el ingreso. Se le ha visto en plena forma en las ceremonias de admisión; ha desmentido que Venezuela esté aislada, junto a aliados tan poco vistosos internacionalmente como Cuba, Irán y la Siria de Bachar el Asad; y, especialmente, ha colmado de orgullo a su base partidaria y a los que fluctúen entre su totalitarismo light, como lo definió Teodoro Petkoff, líder intelectual de la oposición, y la modesta normalidad democrática que ofrece Henrique Capriles.

Venezuela jamás había tenido un líder de renombre universal que el mundo entero, aunque haya quien se refiera a su persona con grave desaprobación, tenga siempre presente. Y el ingreso en Mercosur parece probar que el inventor del Socialismo del Siglo XXI sabe moverse en esa arena, donde nada puede ocurrir, al menos en América Latina, sin que Chávez haga su jugada.

Se ha organizado una especie de encuesta internacional sobre quién sale ganando con el ingreso. Venezuela, por encima de todos, y Chávez por encima de Venezuela. Brasil, a continuación, que, aunque con sus yacimientos petroleros de no muy distante explotación, necesita mucho menos que otros el crudo del Orinoco, puede convertirse en el primer proveedor de alimentos de un país que hoy bajo el chavismo importa el 70% de lo que come. Malas noticias, en cambio, para Colombia, que antes de que el presidente Uribe rompiera estrepitosamente con el chavismo tenía más de 5.000 millones de euros de comercio bilateral con su vecino, y con el presidente Santos ya había recuperado este año la mitad del negocio.

Brasil tiene sólidas razones económicas para querer a Caracas de cliente: sus empresarios han invertido en los últimos 10 años en Venezuela más de 15.000 millones de euros. Pero tampoco le faltan razones político-psicológicas. Con el decorativo alborozo con que Dilma Rousseff ha acogido a su nuevo socio la presidenta brasileña muestra su independencia de Washington y, seguramente, prefiere tener a Chávez cerca que por libre, disparando contra todo lo que se menea.

No es, sin embargo, universal el entusiasmo: el Ministerio de Exteriores en Brasilia ha secundado apenas tibiamente la diplomacia presidencial. Y la también aparatosa satisfacción argentina resulta particularmente enigmática, salvo quizás si se justifica por la carrera que la presidenta Cristina Fernández sostiene con el bolivariano por la medalla de oro en los Juegos Olímpicos del antiimperialismo. Buenos Aires juega reservón en Mercosur, elimina productos libres de gravamen y, a lo sumo, puede esperar que Caracas limite más que agrande el papel de Brasilia en la organización.

El 7 de octubre decidirá entre el magnetismo más que populista populoide de Chávez, sustentado por la mejora de la situación económica de los más desfavorecidos, contra una larga relación de insuficiencias: vertiginoso aumento de la criminalidad; corrupción y desmanejo administrativo; democracia de bajísima densidad. Pero, a no dudarlo, Mercosur es un gran activo para el presidente.


* El País