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Vista en perspectiva, la visión de Rubén en el terreno social y político, como simple reflejo superficial de la ideología dominante, tiene que resultar ecléctica. Se manifiesta Rubén, por lo tanto, también inconforme con las características de la burguesía, pero, no porque conciba la necesidad de un orden más avanzado históricamente; ni porque se identifique con el sujeto social de tal cambio; sino, porque espiritualmente pertenece a una época pasada.

Rubén admira a la nobleza, a la que identifica con una estética más refinada, en la que se aprecia más al artista que al tecnócrata.

Opuesto a la revolución tecnológica, y a los cambios en las relaciones sociales del nuevo sistema de producción, no es de sorprender que, entonces, Rubén se manifieste abiertamente racista, con su vista orientada hacia el pasado. Rubén expresa así su ideario feudal:

“La época actual ha bastardeado las cosas del espíritu y del entendimiento y corazón. El utilitarismo y la poca fe han mermado el soñar y el sentir. Estamos en una época de agonía, de angustia.”. Y describe su propia angustia existencial, dándole la espalda a la sociedad actual:

“He aquí que veréis en mis versos princesas, reyes, cosas imperiales, visiones de países lejanos o imposibles: ¡qué queréis!, yo detesto la vida y el tiempo en que me tocó nacer; y a un Presidente de República, no podré saludarle en el idioma en que te cantaría a ti, ¡oh Halagabal! (*), de cuya corte —oro, seda, mármol— me acuerdo en sueños...”.

A Rubén le repulsa verse como un asalariado que escribe con talento lo que le induce el mercado; renunciando, a cambio, a la imaginación creativa, libre de ataduras.

Huérfano de identificación social colectiva, Rubén, en el desaliento que niega la vida, recurre a la moral y a la fe de los simples, del vulgo ignorante que tanto desprecia:

“Los ideales de honor, generosidad, virtud, han pasado. Predomina el imperio de la fórmula y la contradicción entre la palabra y el hecho. Urge la recuperación de la armonía, que supone una incitación a que el hombre despliegue toda su capacidad moral. Y esto no se logra mediante forma alguna de violencia, puesto que la fuerza está en la inteligencia. El progreso en su más alto sentido, es el acercamiento hacia Dios.”.

Un año antes que escribiera el artículo “DINAMITA”, Darío escribió, en 1892, en sentido contrario, una exaltación a la violencia contra el orden burgués, en el artículo “¿POR QUÉ?”.

Arellano, sin comprender que Darío rechaza la sociedad capitalista desde una óptica reaccionaria, es decir, medieval, define este artículo: “excepcional prosa de Darío, los dariístas la consideramos la pieza por excelencia de la reivindicación social del poeta”.

En él, escribe Darío un apelo sin sentido a la violencia bárbara; desata una sed sangrienta de venganza, borracha e inútil. Rubén da traspiés entre el desprecio a la violencia, según que su visión feudal se detenga en los modales de los trabajadores (que aspiran a los derechos que ofrece la democracia); y el aplauso e incitación a la misma, si su visión se detiene en los valores insensibles del burgués.

En ambos casos, Rubén, que añora el feudalismo, es un reaccionario incongruente, que sobrevive a una contradicción social superada por la historia. Rubén intentó sintetizar un retroceso social imposible, machacando a ambas clases sociales, al girar la manecilla de la historia hacia atrás.

Sin capacidad de reflexión filosófica, compadece al obrero casi como subconscientemente se compadece a sí mismo. Se refugia en la autodestrucción pasiva, en el alcohol cotidiano que lo lleva a la muerte prematura a los 49 años, embota sus sentidos para escapar de la realidad burgués, envenena su alma, arranca las plumas del ave que canta melodías en su interior. Esa destrucción, la proyecta fatalmente a la sociedad, y exclama:

“¡OH, SEÑOR! El mundo anda muy mal. La sociedad se desquicia. Yo quisiera una tempestad de sangre. Yo no sé cómo no ha reventado ya la mina que amenaza el mundo, porque ya debería haber reventado. El espíritu de las clases bajas se encarnará en un futuro e implacable vengador. El cuchillo popular cortará cuellos y vientres odiados. El cielo verá con temerosa alegría la venganza suprema y terrible de la miseria borracha.”.

Rubén subestima el salto que dará la humanidad cuando más que a incendiar la sociedad, los trabajadores se esmeren –desde el poder-- por apropiarse de la cultura.

* Ingeniero eléctrico

(*) Heliogábalo, se le llamó al emperador romano Marco Aurelio Antonino Augusto, luego que

fue asesinado a los 18 años, en 222 dC