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Con sumo gusto asistí a la excelente presentación del libro de su autoría: “La viuda Carlota y otros cuentos”, patrocinado por Cosude y el Foro nicaragüense de Cultura, con la sencilla pero bien presentada edición de Impresiones y troqueles (Amerrisque). Llamó mucho la atención la portada, producto de la genial imaginación del Dr. Melvin Wallace, que hizo juego de un cuadro de Monet, “La madre con su hija”, esta mirando a través de barrotes la Iglesia de Masatepe; a su lado una bacinilla llena de orines, que al leerlo, se explica por sí solo.

Hubo un coloquio interesante, ameno y simpático, con el escritor Erick Aguirre, por las oportunas ocurrencias de Sergio. Música interpretada por conjunto original de violines: Escuela Lisandro Ramírez. Compartí asientos con la poetisa Margarita López Coloma, periodista William Roiz Murillo, el abogado y escritor Juan Velásquez Molieri. Con nutrida concurrencia de personalidades cultas y de trayectoria. El anfitrión, Lic. René González Mejía, regaló la cordial bienvenida. Siempre benevolente, abre las puertas en pampas del INCH a la cultura y el arte.

Como en las entrevistas de Sergio, difundidas al celebrar dignamente los setenta y cincuenta, con una extensa producción, que nos enorgullece nacionalmente, dijo: “Solo me he quedado con las ganas de escribir un guión”. Se lo pongo, escuetamente, por razones obvias, aun cuando entregué carta a su gentil y bella Tulita, en la que hago semblanza de un hecho bochornoso y lamentable ocurrido en Masaya a principios del siglo veinte. Precisamente en la casa esquinera, de 1940-45, una famosa heladería, luego remodelada por otro grande de las letras, poeta y editor masayense, Mario Cajina-Vega, en donde viviera y muriera.

Muchos que nacimos, crecimos y vivimos en la “Cuna del Folclore Nacional”, fuimos conocedores, por cuentos de los mayores, de la triste historia de un señor solterón, que vivía asistido por su joven acompañante, llamado “Concierto”, que hacía de todo. Cierta mañana los vecinos extrañados, al salirse diario a platicar, por su notoria ausencia, hurgaron por estar la puerta semiabierta y el dicho Concierto ausente; descubren en su cama al anciano muerto de una puñalada en el tórax.

Aterrorizados y conmocionados avisaron a autoridades. Ya presentes todos, escucharon el grito repetidamente (supuestamente desgarrador): “¡José Dolores no me matés!” Desconcertados buscaron la voz chillona: resultó ser una lora, que había amaestrado el difunto, enseñándole a hablar y repetir lo que oía, “como buena lora amaestrada”.

Quise indagar entre los que van quedando; solamente el Dr. Alfonso Dávila Barboza, jurisconsulto instruido y de buena memoria, coincidía con nuestra versión, agregando que por primera vez en el pueblo se aplicó la pena de muerte al sádico asesino.

Espero que el laureado Ramírez Mercado, de Masatepe-Masaya, indague más sobre detalles; seguro habrá muchos espontáneos que enriquecerán más sobre el tema, a fin de que realice el sueño deseado de elaborar un guión similar a Psycho (Psicosis, 1960), a lo Hitchcock. Ya se había adelantado en Castigo Divino.

Con el relato de Masaya, en su prodigiosa pluma y el suspenso que sepa darle a sus personajes, hasta a película podemos aspirar.

* Médico