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Humberto Ortega, durante la conmemoración de los tratados de Esquipulas, este 8 de agosto, expresó de forma errática que en Nicaragua no hay una dictadura, pero, que el gobierno de su hermano tiene las expresiones equivocadas y autoritarias que todo gobierno tiene. Con lo cual, lo único que dejó en claro es que para él no hay una dictadura en el país.

Pero, advirtió que su hermano puede terminar como un vulgar dictador, si no respeta los Acuerdos de Esquipulas, firmados en una situación política distinta, hace 25 años.

En realidad, la Constitución, las leyes y los derechos formales no constituyen un referente válido, un fin estático último de la sociedad o una verdad absoluta. Pensar así es en extremo conservador y anti-revolucionario. Asimismo, para Humberto, su hermano no es un dictador, pese a que organiza un gobierno unipersonal que impone a la sociedad.

Polibio, estudiado tanto por Maquiavelo como por Montesquieu, señala seis formas de gobierno fundamentales, y cada una sufre una degradación. En nuestro caso, nos centraremos en la monarquía, que degenera en tiranía; y en la democracia que degenera en oclocracia.

En la antigua Grecia, la tiranía era un régimen de poder absoluto, unipersonal, vinculado a la demagogia y al populismo, pero, también, al abuso y a la crueldad. Aristóteles lo consideró el peor de los regímenes.

La oclocracia es el gobierno del gentío, que presenta una voluntad viciada, irracional, carente de la capacidad de autogobierno. Según Polibio, es la tiranía de las mayorías corrompidas por la demagogia. Y es el último estado de degeneración del poder.

Hay formas de gobierno mixtas en una sociedad, o bien, fases de transición de una a otra.

Ortega es autoritario y absolutista, como presidente. Sin el control directo sobre el ejército (como lo tenía Somoza), toma por el cuello --desde la Presidencia-- al resto de las instituciones del Estado. Como no comanda las tanquetas, debe figurar siempre a la cabeza de la Presidencia para perpetuarse en el poder; y para reelegirse, lee la Constitución descaradamente al revés, hace fraude y corrompe a la sociedad, comprando conciencias. La dictadura somocista, en cambio, permitía figuras presidenciales, entre uno y otro Somoza.

El régimen presidencial orteguista se transforma así en una monarquía absolutista: en una dictadura institucional, burocrática, como la que denunciara Orwell. Para ello, la sociedad debe necesariamente corromperse, lo que hace innecesaria –por un tiempo- las formas represivas violentas de la dictadura militar. Aunque siempre están a mano las turbas orteguistas, paramilitares, listas para desarticular la movilización organizada de los ciudadanos. Se trata, entonces, de un Estado fallido, donde al margen de la ley reina la impunidad criminal.

El orteguismo es un fenómeno burocrático nacional, reaccionario que se incubó al día siguiente del 19 de Julio de 1979. Por 33 años ha venido degradando a las masas, desmovilizándolas, se ha enquistado en el tejido enfermo y corrupto de las estructuras burocráticas, debilitadas del Estado neoliberal; borrando la cultura, la capacitación, el conocimiento para fomentar la prostitución de conciencias, la chapucería, la improvisación, la discrecionalidad, el arribismo, la falta de ideología y de debate, el robo impune de los bienes del Estado, la apropiación del esfuerzo ajeno, la pereza intelectual y física, la carencia de programas y de análisis, la agresión y la amenaza, tanto a las condiciones de vida como a cualquier actitud independiente y digna. El retroceso social, la irrealidad e irracionalidad de este fenómeno burocrático que oprime a la sociedad, no tiene comparación con alguna dictadura previa.

La sociedad nicaragüense, degradada por Ortega, más que polarizada, está atomizada. Predominan en la nación las fuerzas centrífugas, desintegradoras. Dentro del mar de gente que sigue al orteguismo, como capa burocrática independiente de las clases sociales, se incuba la implosión de su régimen. Sin ideología alguna hay un interés individual exacerbado, de carácter anárquico entre sus partidarios.

La política clientelista, parasitaria, sin programas de desarrollo económico, sin planes sociales que promuevan la igualdad y el acceso a recursos productivos, induce a la rebatiña y al canibalismo. Los partidarios de Ortega en busca de prebendas, vuelven sus afilados dientes entre sí. La violencia pandillera que está a la base del régimen, será el foco de la inestabilidad de su gobierno. Es un proceso histórico nocivo, decadente, fuera del control de las masas.

Al final del suicidio anárquico y marginal, tendrá que intervenir el ejército, para superar el orteguismo decadente. El régimen actual es una tiranía que con la complicidad ciega de los especuladores económicos, nutre en su vientre la oclocracia: la anarquía del populacho corrupto.

* Sociólogo