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La última referencia al águila de Rubén Darío se localiza en su ensayo sobre Paraguay de 1912: “El águila yankee mira hacia el Sur, como orientándose para su vuelo de rapacidad conquistadora”. Pero no siempre el águila representó a los Estados Unidos.

De las 1,368 referencias de animales contabilizadas en su poesía, 73 corresponden al águila. Esta, pues, desempeña una función relevante, asociada a múltiples significados, predominando los siguientes: altanería, belleza, bravura, canto, caza, cólera, divinidad, trama, fuerza, gloria, guerra, libertad, luminosidad, muerte, peligro, poder, prodigio, valor, vista, vuelo.

Para Darío, el águila también representó a Júpiter y a Bolívar, a Rusia y México; en fin, a la historia: “Águila que eres la Historia”, dice el poeta en uno de los versos de El Canto errante. “Fuertes colosos caen, se desbandan águilas bicéfalas”, anuncia en otro de “Salutación del optimista” (1905), aludiendo al águila bicéfala bizantina de los zares de Rusia en guerra con el Japón.

Pero es en “Salutación al Águila” (1906) donde Darío vincula al ícono a la potencia de los Estados Unidos, aunque no exclusivamente. A ella le pide: “Tráenos los secretos de las labores del Norte, / y que los hijos nuestros dejen de ser los rétores latinos, / y aprendan de los yanquis la constancia, el vigor y el carácter”. Como se sabe, este cuarteto provocó la carta recriminatoria de su amigo el literato venezolano Rufino Blanco Bombona (1874-1949): “Leo el divino e infame poema de usted ‘Al Águila’, que yo no conocía / ¿Cómo no lo han lapidado a usted, querido Rubén? Lo juro que lo merece. ¿Cómo? ¿Usted nuestra gloria, la más alta voz de la raza hispana de América, clamando por la conquista? El dolor que me ha producido esa su Águila maravillosa, usted sí, lo comprende, porque usted sí me conoce (…) ¡Oh poeta de buena fe descarriada! ¿Por qué canta usted a los yanquis, por qué echa margarita a los puercos?”.

Y Rubén desde Brest, Francia, el 18 de agosto de 1907, contestó la acre censura justificando que su salutación “no es sino la pieza ocasional, surgida dentro del clima armónico de la Conferencia Panamericana de Río de Janeiro, a la que asistía. Saludar nosotros al Águila ¡sobre todo cuando hacemos cosas diplomáticas!... No tiene nada de particular. Lo cortés no quita lo Cóndor…” Y añade: “Los versos fueron escritos después de conocer a Mr. Root y otros yanquis grandes y gentiles, y publicados juntos con los de un poeta del Brasil”.

Y este no era sino Fountoura Xavier, quien había asimilado las declaraciones de Elius Root, Secretario de Estado norteamericano: “Consideramos la independencia e igualdad de derechos de los pueblos débiles, miembros de la familia de naciones, con tanto respeto como a los de los grandes imperios —decía una, y luego otra—: que la meta de los Estados Unidos no era el de arruinar a las demás naciones y enriquecerse con sus despojos, sino al contrario, ayudar a todos nuestros amigos a alcanzar una prosperidad común”.

Pedro Salinas explica que esta coyuntura Darío la hizo suya también. Y en su “Salutación…” no se traiciona, ni contradice su precedente oda “A Roosevelt”. Espera del Norte no un ideal, sino una técnica, una manera (v. 35), capaz de forjar multitudes disciplinadas para hacer Romas y Grecias de hoy (v, 35) O sea: naciones fieles a los patrones de helenismo y latinidad, (v. 38), destinadas a un áureo día para dar las gracias a Dios! Es decir, que se suman al fecundador espíritu cristiano.

Darío fue más explícito en su respuesta epistolar a Blanco Fombona: “Por fin acepto un alón de águila, y lo comeré gustoso —el día que podamos cazarla—. Y allí, fíjese bien, anuncio la guerra entre ellos y nosotros”. Sin duda, pensaba en los versos 12 y 13: “Si tus alas abiertas la visión de la paz perpetúan, / en tu pico y tus uñas está la necesaria guerra”. Asimismo, en la “Epístola a la señora de Lugones” del mismo año de 1907, aclararía que en la misma “Salutación al Águila”: panamericanicé / con un vago temor y con muy poca fe.

En otras palabras, no experimentó un cambio ideológico, ni el poema implicó en nuestro poeta, según el chileno Jaime Concha, una “voltereta política”.

El español Juan Larrea leyó justa y correctamente la “Salutación…”. “Rubén —afirma— no concibe sus esperanzas puestas al servicio del imperialismo yanqui, más si en la libre América, en el Nuevo Mundo de Paz y de Concordia que abarca, para ponerlos al servicio del hombre, de Norte a Sur todas las latitudes”. Entre nosotros, Ernesto Gutiérrez acota que “no es un poema declinante, sino un himno a la concordia americana”. Y ambos transcriben su estrofa medular, en la que se contrapone al Águila norteamericana el Cóndor, símbolo de lo indígena americano a la vez que, por ello, de Sudamérica en su integridad: “Águila, existe el Cóndor. Es tu hermano en las grandes alturas. / Los Andes lo conocen y saben que, cual tú, mira al Sol. / May this grand Union have no end, dice el poeta. / Puedan juntarse ambos en plenitud, concordia, y esfuerzo.”

Claramente, lo que proclama Darío no da lugar a malinterpretaciones. ¡Está claro!

* Escritor