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Contrariando al doctor Jorge Eduardo Arellano de que mi conocimiento de la cultura dariana es “limitadísimo e incompleto”, continúo con mi crítica calificada de “necia” por otro de los devotos del poeta.

Quienes hayan leído la crítica de Darío a grandes de la literatura como Aristóteles, Swift, Zolá, Nietzsche, Whitman, Bello y otros, sabrán que ella fue arbitraria, necia, atrevida, desacertada, injusta e inconsistente, y algunas tan groseras como las de Zoilo a Homero.

Cuando en 1896 le piden a Darío en Buenos Aires su Manifiesto, responde no considerarlo fructuoso ni oportuno, y da sus razones: “a) Por la absoluta falta de elevación mental de la mayoría pensante de nuestro continente; b) Porque la obra colectiva de los nuevos de América es vana, estando muchos de los mejores talentos en el limbo de un completo desconocimiento del mismo arte al que se consagran”.

Estas declaraciones del bardo no podrán ser calificadas por quienes tienen sus neuronas en orden, más que de soberbias e irrespetuosas, aplaudidas y celebradas solamente por dementes e ignorantes.

El vasco don Miguel de Unamuno, hombre de otro continente, era más conocedor de los talentos existentes en América, que nuestro pobre y fatuo panida. En su artículo “El Pedestal”, de su obra “Soliloquios y conversaciones”, cuenta don Miguel:

“Tengo a la vista uno de los libros, para mí, más excitantes, uno de aquellos que más reflexiones y comentarios me sugieren. Es el libro “Moral para intelectuales”, colección de las conferencias que en 1908 dio el doctor Carlos Vaz Ferreira (1873-1958) en la sección de enseñanzas secundarias de la Universidad de Montevideo. No es un libro escrito, sino hablado, y esto constituye para mí su mayor encanto. Se siente en él hablar al hombre. Y este hombre Vaz Ferreira, me está resultando un hombre singular. Constituye desde hace algún tiempo una de mis preocupaciones. Su labor es hoy, la labor acaso más interesante que conozco por esos pagos. Él, Rodó y Zorrilla de San Martín, constituyen una terna que honraría a cualquier país culto”

Darío dice otra cosa, y siempre ingrato, en su artículo “Los colores del estandarte”, llama loco a Rodó, que le hizo su prólogo a “Prosas Profanas” y dedicara sus loas a “Sonatina”. Le llama “el enigmático y terrible loco montevideano”, quizá porque acertadamente dijera que “Darío no era el poeta de América”.

En su artículo “Don Quijote y Bolívar”, Unamuno nos habla de otro talento, el venezolano José Gil Fortoul (1862-1943), autor de la “Historia Constitucional de Venezuela”, editada en Berlín. “Ni Sarmiento, ni Bilbao, ni Martí, ni Bello, ni Montalvo” –dice Unamuno– “son los escritores de una u otra parte de América, sino los ciudadanos de la intelectualidad americana”.

Mientras don Miguel estaba enterado del movimiento literario que se desarrollaba en América y de sus protagonistas, Darío manifiesta ignorarlo, autoproclamándose el exclusivo demiurgo designado por Apolo para imperar en América.

Para él no existían los mejicanos Juan de Dios Peza, Manuel Gutiérrez Nájera, Amado Nervo, ni el peruano Ricardo Palma. Solo él era el campeón.

“El que vive en su credo autocrático” –acota Martí– es lo mismo que una ostra en su concha, que solo ve la prisión que la encierra, y cree en la oscuridad que aquello es el mundo”. Cyrano de Bergerac es el arquetipo de nuestro poeta. Mediante un sorites, solía decir: “Soy el mejor estudiante del colegio X, el colegio X es el mejor colegio de París, París es la mejor ciudad de Francia, Francia es la mejor nación del mundo, luego yo soy el mejor estudiante del mundo todo”.

“El mayor de todos los peligros para el hombre” – advierte Martí – “es el empleo total de su vida en el culto ciego y exclusivo de sí mismo”, y en esta práctica fue diluviano quien creyó tener manos de marqués y vivió temiendo a “la aterrorizadora igualdad”. Estemos pues orgullosos de tener nuestro Cyrano de Bergerac criollo.

* Escritor autodidacta