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Por un asunto de higiene mental debemos aprender a utilizar bien la palabra, ya que “es un sacramento de muy delicada administración” (OG). Caer en chapuceros de la palabra mediante el engaño, disfrazado de forma abundante en retahílas al estilo tula cuecho, es uno de los peligros de nuestro tiempo donde todos quieren opinar aunque esto implique rebuznar.

Lo anteriormente dicho, es por una opinión emitida en El Nuevo Diario titulada “La utopía de la libertad”, donde se pone en tela de duda un texto de mi autoría elaborado en prosa, titulado “Manifiesto de la libertad: Un deber y una necesidad” y publicado en el mismo diario.

Con vergüenza ajena leí el intento de artículo que con fundamentos incoherentes del materialismo dialéctico, cuentos de camino, inexactitud histórica, desorden sintáctico y otros vicios del lenguaje criticaban una sencilla prosa poética, este señor confundió la magnesia con la gimnasia.

¡No sé qué pato puso ese huevo… pero sí sé que hizo lo del pato!

En su primer párrafo queda evidenciada su incapacidad para articular, por su obsesivo desorden cacofónico: “yo estoy en contra de los que están en contra y en contra de los que están a favor”. De igual forma, su limitada comprensión de lectura al dejar asentada de manera abusiva mi supuesta “conclusión” en el párrafo inicial sin entender lo expresado a través de las herramientas del contra-argumento o la utilización del método cartesiano descubierto en siglos pasados; mucho menos entiende la “lógica”, comprendida como una teoría de la argumentación o argumento cerrado.

De este modo la forma argumentativa debería responder al principio de conocimiento que representa adecuadamente la realidad; sin embargo, carente en el “texto” por su descripción irracional.

Además, con extrema falacia “intuitiva” se atreve darle mi autoría a su palabrerío ambiguo, a razón de no coincidir con las posturas colectivistas de izquierda o de derecha, siendo mi argumento que “ser de la izquierda es, como ser de la derecha, una de las infinitas maneras que el hombre puede elegir para ser un imbécil: ambas, en efecto, son formas de la hemiplejía moral”. (Ortega y Gasset).

La neurociencia nos resolvió este problema, diagnosticando a estos individuos que niegan la realidad como disonantes cognitivos; es decir, que son individuos que se aferran a sus valores y creencias vulgares de tal forma que aunque se les argumente de forma lógica y sepan que es verdad, terminan encerrados en la negación.

Esta falta de acción de la conciencia en el texto comprendida como falta de: percepción, evaluación, emoción, pensamiento, reminiscencia, imaginación, nos hace valorar la urgencia y superficialidad con que se elaboró el supuesto artículo.

Además de carecer de fondo y forma presenta discrepancias profundas sin secuencias, piropeando abiertamente al disparate, no obstante, el alacrán termina ensartándose la cola y consumido por su propio veneno.

¡Escribimos para tratar de cambiar la realidad no para distorsionarla!

* Abogado y escritor