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Las brutales purgas de la época de Mao Zedong son cosas del pasado, con el envío a campos de trabajos forzados de los líderes caídos en desgracia, su repudio en público por masas enardecidas de guardias rojos, o de su muerte como consecuencia de las terribles penalidades sufridas en cautiverio.

Sin embargo, las pugnas de hoy por el poder entre clanes partidarios, aunque silenciosas, pueden ser no menos feroces y despiadadas en su intensidad.

Esas luchas producen a veces víctimas entre los dirigentes de primera fila, la crema y nata de las élites del Partido Comunista Chino. Incluso, entre las filas de herederos de “linaje real” revolucionario, de los “príncipes”: los hijos de los padres de la revolución que combatieron hombro a hombro con el legendario gran timonel Mao.

En meses, semanas y días recientes, el mundo ha sido testigo de la caída en desgracia de Bo Xilai, Secretario General del partido en la provincia de Chongqing, uno de los lugares donde se ha producido el milagro económico chino.

Primero perjudicado por su jefe de policía provincial Wang Lijun, quien desertó y buscó refugio en un consulado estadounidense, Bo ha sido despojado de todos sus cargos.

Para saber a qué nivel estaba Bo, basta decir que era del grupo de los “príncipes”. Su padre fue el gran mariscal revolucionario Bo Yibo, camarada de armas de Mao mismo. Fue miembro del todopoderoso buró político, del cual fue expulsado.

El hijo del mariscal hizo muchos enemigos con su discurso antimafia, sus métodos autoritarios, las tentativas de resucitar prácticas maoístas (siendo además un fan de las canciones de la época de la Revolución Cultural de 1966-1976) y algunos oscuros manejos financieros.

Su esposa, Gu Kailai, de 53 años, acaba de ser condenada a la pena de muerte al haber sido hallada culpable de haber envenenado a un empresario inglés con quien ella, su marido y su hijo hacían negocios. La pena capital será conmutada por cadena perpetua.

El caso Bo permite ilustrar varias realidades del poder en China.

Ya que después de la muerte de Mao y de Deng Xiaoping ningún otro líder ha gozado de una autoridad y un poder absolutos, el liderazgo chino es más colectivo en su toma de decisiones desde la época de Jiang Zemin.

El actual presidente y secretario general del PCC, Hu Jintao, es conocido por su estilo de conducción a través de la búsqueda y la práctica del consenso. Hu y el primer ministro, Wen Jiabao, la cuarta generación de líderes comunistas, debe dar paso al ascenso de la quinta generación de líderes en el Congreso que se aproxima.

Al menos, sus cargos estatales. Los cargos partidarios serán dejados por Hu más tarde.

Tales son los rituales chinos del poder: una transición gradual y cautelosa, con los “viejos líderes” –quienes merecen respeto por una tradición más confuciana que marxista-- conservando amplias cuotas de poder e influencias.

Por ello, no es extraño haber visto al expresidente Jiang Zemin al lado del mismísimo Hu en el desfile militar de los 60 años de la proclamación de la RPC en 2009.

Los expertos estiman que los sucesores serán Xi Jinping (futuro presidente) y Li Keqiang (primer ministro en ciernes).

Además de detentar el poder máximo en lo político, los miembros del politburó son representantes y activos empresarios de sectores económicos claves. El alto órgano es, fuera de ser el árbitro supremo, un influyente consejo corporativo que equilibra y articula intereses diversos.

Una de las acusaciones contra Bo era que se había atrevido a ordenar escuchas ilegales contra otros dirigentes, incluyendo comunicaciones de Hu Jintao.

En otras palabras, Bo quebró las reglas del juego colectivo. No era un jugador de equipo.

Desde que la pena de muerte le fue conmutada a Jiang Qing, viuda de Mao y jefa de la Banda de los Cuatro, los grandes caídos en desgracia ya no pierden la vida.

Ante la necesidad de un constante acomodo de intereses y de consenso, no hay lugar para llaneros solitarios.

Desafiando a los demás intereses con sus desmedidas ambiciones, Bo sembró la semilla de la desgracia para sí mismo y su familia.

* El autor es analista de temas Asia-Pacífico