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Creer en Dios es vivir una práctica creyente en concordancia con la voluntad de Dios. Suponemos que tal creencia fundamenta una práctica de amor y compasión, no obstante, creencia y práctica muchas veces entran en una profunda contradicción.

Personas que oran o rezan, van a misa o cultos; que declaran ser fervorosas creyentes en Dios viven en un círculo de perversidad, e insensibilidad destructiva para con las demás. Esto nos hace pensar que creer en Dios no necesariamente nos lleva a vivir práctica de amor y compasión.

El problema no es Dios, sino la imagen que nos hemos hecho de él. Lo principal está en saber a qué imagen de Dios estamos abiertos, cómo es el Dios que nos impulsa a vivir la cotidianidad y fundamenta nuestra práctica creyente. Así pues, podemos ser fervorosos creyentes y estar fundado en una falsa imagen de Dios.

Las imágenes de Dios –no me refiero a los iconos de los templos- son representaciones que nos hacemos como un esfuerzo humano por darnos una idea a modo de comprensión, de cómo es Dios y cuál su relación con nosotros y el mundo.

Algunas imágenes de Dios más que bien han hecho mucho mal. Así, la imagen del “Dios todopoderoso ganó fuerza en el cristianismo a partir de Justiniano siglo VI. Comprendidas desde la figura del poder que domina, que controla que se nos impone desde arriba, constituyó una imagen predilecta justificadora de las prácticas imperialistas. Esta imagen representa a un Dios lejano por encima de todos, amo absoluto y opresor alienante.

Otra imagen es la del Dios monarca y Señor del trono, que concentra el poder y trae ante sí a todos, sin ningún mínimo resquicio de libertad. Imagen predilecta de los reyes, y monarcas absolutistas.

La imagen del Dios legalista, comprendida desde la obediencia-cumplimiento de leyes objetivas, en donde la práctica cotidiana del creyente, es juzgada y justificada a partir de la obediencia u observancia de lo que este Dios dispone como ley. Es un Dios que premia y castiga. Esta imagen es predilecta de las instituciones religiosas.

Comprender a Dios desde estas imágenes produce creyentes dogmáticos e intolerantes, cerrados a la compasión, y amor al prójimo. Sus prácticas son impositivas, juzgadoras de los demás, colocándose así, por encima de todos.

Estas imágenes son deshumanizadoras; falsean la realidad de Dios y nuestra creencia. ¿En qué Dios creer? Muy al contrario a esas imágenes, debemos abrirnos al Dios que Jesús de Nazareth nos comunicó. A través de su práctica manifestó la plenitud de Dios; en Jesús, Dios se hizo presente entre nosotros no para imponerse y doblegar nuestra libertad sino para fundamentar y sustentar nuestra vida hacia la plenitud.

Jesús es el modelo humano de búsqueda auténtica y verdadera de la imagen de Dios como posibilidad de configurar una vida creyente saludable. Jesús no fue un teórico que habla sobre Dios o en torno a Dios. Al contrario, en su práctica hace presente la realidad de Dios en imágenes significativas de paternidad y maternidad, de amor y compasión, de reconciliación y servicio.

El Dios de Jesús establece relaciones personales con los hombres y mujeres basadas en su amor gratuito e inquebrantable. No es una relación fundamentada en los méritos que podamos contabilizar. El mismo Jesús vive en su vida la cercanía de ese amor de Dios y lo comunica con toda sencillez. No multiplica sus palabras e ideas sobre Dios, sino que al vivir a Dios, lo da a conocer con sus actitudes concretas de amor y de perdón.

Para encontrar al Dios de Jesús hay que seguir su camino; abrir el corazón, salir de sí mismos, mantenernos alerta para descubrir su voluntad cada día; pero es necesario empezar por leer la realidad con los ojos de los vulnerables o frágiles en el tejido social solidarizándonos con ellos, asumiendo sus intereses y sus causas. Sólo desde el reverso de la historia se descubre al Dios de Jesús como única posibilidad que tenemos para vivir una vida creyente coherente y responsable ante Dios, y los demás.

* Teólogo, miembro de la Sociedad Protestante Soli Deo Gloria

sociedadprotestante@gmail.com