•   Managua, Nicaragua  |
  •  |
  •  |
  • elnuevodiario.com.ni

Se cumplen 200 años de publicada la Teoría de los colores, de Wolfgang von Goethe, personalidad que todos celebran entre los grandes escritores del mundo: Homero, Virgilio, Shakespeare, Cervantes, Darío. Es conocido por ser el autor de Fausto, de Werther, de Las afinidades electivas y de muchas otras obras maestras. Su poesía es difícil por muy bien que la traduzcan.

Pero poco se sabe que era simultáneamente un investigador científico de altos quilates y variada curiosidad. Un día, en Jena, dedicado a la disección anatómica en el hospital de la ciudad, realizó un descubrimiento que hoy estudian todos los futuros médicos del mundo sin saber que fue el autor de Fausto el primero en encontrar esa pieza de nuestro esqueleto. La misma noche del descubrimiento, exaltado, Goethe le escribió a un amigo: “No he encontrado ni oro ni plata sino, ¡oh maravilla!, el hueso intermaxilar del ser humano. Me puse sobre la pista comparando cráneos humanos con cráneos de animales y, de repente, lo hallé. ¡Seguramente mi descubrimiento te causará el mayor placer, pues este hueso intermaxilar constituye, por así decirlo, la piedra angular del ser humano; no obstante haberse buscado en vano, allí estaba!”.

Pero no sólo la Anatomía despertó el interés de Goethe, comparable al de Alejandro de Humboldt: también la Mineralogía, la Botánica y la Física. La teoría de los colores atrajo su atención y requirió su paciencia. En su extenso libro sobre ella, a veces el poeta se impone al científico, y encontramos entre sus anotaciones algunos pasajes con un toque lírico desde luego involuntario.

En el prólogo de ese libro singular, que recomiendo de corazón a los amantes de la buena literatura, Goethe habla de la teoría de los colores de Newton como de un “viejo castillo rocoso” que debe ser ampliado y modificado poco a poco, y algo después, le sale del alma su espíritu revolucionario, o al menos la nostalgia rebelde de sus cuarenta años, recordando las vivencias de la Revolución Francesa.

Recientemente la comunidad científica le ha rendido a Goethe el homenaje que le debía. Los mineralogos bautizaron como goethita un óxido de hierro que al soplete solo se funde en los bordes. Es una metáfora de la obra literaria del genio de Weimar: por mucho fuego crítico que le apliquen a su superficie, el centro es refractario al incendio externo, porque como el sol, se alimenta de su propia combustión. Con este artículo usted y yo nos sumamos al homenaje.

*Docente