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Los integrantes del Frente siguen siendo seres humanos y por tanto rebosantes de subjetividades, de sentimientos y de capacidad de reaccionar --aunque con serias limitaciones por el embudo autoritario que los encierra-- ante al entorno cambiante que les plantea su vida como simpatizantes o ejecutores de las políticas de la familia gobernante.

Incluso los más leales seguidores al Presidente Daniel Ortega y a su Primera Dama, Rosario Murillo, no pueden comportarse todo el tiempo como máquinas, como seres inanimados, insensibles como una piedra dura o como brillantes espejos a los que no les entra nada porque todo lo refractan.

Es cierto que los más fanáticos pueden actuar de lo peor, como ya lo hemos visto en los grupos paramilitares que han reprimido a opositores, transformados en hordas salvajes, robotizados, cumpliendo mecánicamente las consignas, pero… aún así, aún en esta extrema degradación de su humanidad, en algún momento, aunque sea por un instante, su individualidad se manifestará y tratará de ajustar cuentas.

Y es que las personas cargamos a cuestas con todo lo que hacemos, con el pesado inventario de nuestras vidas, con lo que hemos hecho en bien o en mal de nuestros semejantes, y pagamos un precio por ello. Los que más entregan a los demás, espiritualmente reciben más; y a la inversa.

Nuestras acciones no quedan en el pasado como si nada hubiera ocurrido, porque no son recuerdos pasivos, sino al contrario, muy vivos, algunos lacerantes e hirientes. Y ciertamente no podrá esperarse mucho de los desalmados aporreadores de opositores, pero ellos también llevan a cuestas sus fechorías y en una noche solitaria podrían aflorar al menos sensaciones de incomodidad, remordimientos por lo actuado. La persona puede ser capaz de asquearse de sus tropelías y las de sus jefes.

Limitadas expresiones más racionales, reflexivas, deben ser parte de la vida de los cuadros o de los militantes de los niveles más altos de la cúpula que ejerce el poder bajo los hilos de la pareja presidencial: jefes policiales y militares, magistrados judiciales, electorales, contralores, procuradores, fiscales, diputados, secretarios políticos, concejales, etcétera.

Unos más, otros menos, todos ellos tienen un mínimo de conciencia de su propia práctica y de la de sus dirigentes, y aunque no cambien el rumbo, se percatan, por ejemplo –y son parte de ello--, de una violación constitucional, de un fraude electoral, de un chantaje, de una oscura y siniestra operación política, y pueden estar en desacuerdo aunque no actúen para cambiar el estado de las cosas.

Pero hundidos en la miasma, no querrán verse tal como son, y a toda costa tratarán de evitar pensar, para negarse a sí mismos todo el daño social que saben que están haciendo, solo que no pueden lograrlo todo el tiempo, son humanos, subjetivos, y sus muros de contención se ven desbordados ya sea en una noche de lluvia o bajo la sombra generosa de un madroño frente al resplandor de un verano incendiario. Acomodarán las cosas, por ejemplo, con lo que consideren beneficios sociales, porque la mente busca equilibrar para estar bien o al menos no sentirse mal.

La firme oposición al “dedazo” en una veintena de municipios del país, es una genuina manifestación de una cierta capacidad de reaccionar del militante orteguista ante ciertos aspectos del entorno.

Por eso es válido preguntarse cómo los seguidores de la pareja presidencial reaccionan actualmente, por ejemplo, ante el contrasentido de haber recibido instrucciones en las dos últimas elecciones nacionales, de obtener el mayor número de votos a toda costa; y que ahora les digan que hay que apegarse a la ley y dar una buena impresión ante la OEA. Algún conflicto les debe plantear situaciones tan diametralmente opuestas, contradictorias y muchas veces en oposición de conductas y valores practicados en el seno familiar.

*Periodista y docente

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