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Yo confieso que después de hundirme en el agitado golfo de sus crónicas, después de conocer su existencia única, después de ver esa alma llena de cicatrices, como diría Rubén Darío de Paul Verlaine en sus raras crónicas de críticas literarias, Edgard Tijerino Mantilla (17 de febrero, 1944), es el inobjetable padre de la crónica deportiva, fruto del entusiasmo y de la pasión por la lectura, el estudio voluntario del hombre de letras, con disciplinado talento en nuestra literatura.

Y es que Paul Verlaine (30 de marzo, 1844 / 8 de enero, 1896), tal vez lo hubiera incluido de número siete en su libro Los poetas malditos (1884), no por maldición o blasfemia, sino porque entiende a la juventud, rechaza los valores de la sociedad mojigata y encabeza provocaciones peligrosas del arte y la literatura, del deporte y la comida, de la política y la filosofía, de lo popular y de la cultura en general con desmesurado entusiasmo y talento.

Sin equívocos, hubiera ocupado el puesto número veintidós en las crónicas literarias de Los raros (1896) de Rubén Darío (18 de enero, 1867 / 6 de febrero, 1916), puesto que Edgard Tijerino Mantilla es un escritor raro, extraño, un “circulador de ideas”, un Edgar Allan Poe de la narrativa oscura, no convencional, tocador de llagas, un apasionado de la verdad, la honestidad y la humildad, un santo padre de la palabra y la imaginación para enterrar para siempre la mediocridad.

Lástima que las universidades no hayan descubierto aún su talento y su carisma de agitador de ideas, de promotor de lecturas y conocimientos —les cuento que mi hermano Vidal se volvió lector después de oír hablar de libros a Egdar Tijerino, y cada libro que lee el cronista, lo lee mi consanguíneo—, porque una crónica deportiva de Edgar Tijerino Mantilla equivale en su justa medida, a un catálogo de pintura renacentista, una enciclopedia de la maravillosa narrativa de los años sesenta, unas páginas de la República de Platón, unas notas del Príncipe de Maquiavelo, un tratado de la cocina de María Esther López en su sazón nicaragüense y varias crónicas de Jim Murray.

Y he mencionado a Jim Murray —y en este punto quiero hacer una palinodia—, porque en un artículo anterior, La prosa septembrina de Edgard Tijerino Mantilla (Blog Ciudadano, El Nuevo Diario, 13 de octubre, 2088), escribí que en la prosa de Edgard debieron influir mucho la prosa de Jim Murray, Peter Gammons y Tyler Kepner. Más bien, ahora me inclino por creer que la prosa de Tijerino Mantilla tiene sus fuentes en la novelística mundial de todos los tiempos.

Ojalá que a alguien se le ocurra recopilar sus mejores crónicas y textos sobre diversas temáticas, incluso las deportivas, y agruparlas en formato de libro, para saber en el futuro por qué un hijo de Cronos y Rea se salió del Olimpo y se convirtió en cronista deportivo para ofrecernos con el talento que el Verbo le ha dado, una literatura singular.

 

* Educador y escritor