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Y ahora se aproxima el hígado para seguir la rutina. Conste que yo no creo en la indolencia. Resulta que el enredo de luces que propicia la ciudad es lo que me aturde, pero sin vencerme. Sin llegar a lastimarme el corazón. No tan aprisa, que valen los encuentros, y aunque haya terquedad de una de las partes, también suman los desencuentros. En este asunto, que se convierte o asume por ofuscación, como una lidia; el pálpito de los nervios encuentra asidero y ejerce control sobre los ojos, que quieren ver más allá de la distancia, donde ella no sabe que la quieren.

La apacible mañana de un adiós, o lo que pudo ser forzado por desafíos y por espejos desalzados. Estrechez de manos aludidas por la emoción de ver los cuerpos en su expresión de bellas luces, sin aparentar agonía. Otra cosa es lo que dice el oído a mi oído.

Déjame olvidar, en la quietud de un fracaso que necesita del agua, que el agua no se entrega fácilmente a la farsa del amargo saber. El saber de la tristeza que no siempre se entiende. Que no siempre es la tristeza un paisaje de olores.

Son dos cosas las que afloran en “Vida mía, con el sueño agradecido”; uno, la ternura derramada, y dos, el préstamo infatigable de una caricia robada a la intuición.

Y ahora que apagas la luz, y no estoy en tu despertar, me olvidarás; ésa es la sentencia, sin deseo y sin cordura. Así de implacable es el tiempo que nos rebasa.

Aunque no me lo pregunten, lo digo ahora: que el cronista no está de buen humor (quizá por el efecto tardío de las cervezas del fin de semana), está resentido por la falta de compañía. Sus ojos anuncian sus desvelos, y sus desvelos lo confirman de manera pasmosa como alguien que ve pasar a una persona y otra, y como es incrédulo, no se tienta a creer.

Aún no he pensado en lo que sería la algarabía de robar el amor, el amor de mi vida y no otro. ¿Quién detendrá esa fantasía que se revuelca en la orilla de un mar crecido, feliz, inconmutable por la lengua y todo el cuerpo?

Día 13. No me importa la superstición. Cada día siembro una ilusión, más que una esperanza. Yo me refresco comiéndome un mango guardado como un secreto de aromas. Ella no recordará la noche, salida de un beso. Su olor ahora es distinto.

Aquí estoy como hijo mal portado de la soledad, con el cuerpo atravesado por caminos (con todos los cuchillos de la noche), no como testigo de la emoción.

Pero, ¿se parece esta pared a la gloria de una palabra? Con el rostro rompiendo promesas, y con deseos de hablar. Que no se diga más, que con el primer fracaso, o digamos que con el primer aguacero, el cronista desarmó los andamios y no volvió a salir a la puesta del sol.

No. Las escenas sucedieron con fluidez normal, no así la historia, que se negó a justificar los escollos que dejaron a su paso los fantasmas (alojados por mis fantasmas).

No sé quién me dijo o aseguró que una aguja encendida llora como una lágrima, y si es en el pecho es de mejor ritmo sonoro.

Hay días que me vence el sueño en el insomnio. Con dificultad escapo de las prisiones del alma, con mayores obstáculos también escapo de las noches tristes que me buscan a mí, obstinadamente, con sus pecados y placeres, para decidir qué haremos juntos.

Ella es mujer hermosa y bella, pero sola. Han caído sus fronteras. La soledad aún no la ha aceptado en sus filas.

 

* Poeta y periodista

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