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El individualismo egoísta es un rasgo dominante en la política nicaragüense. Se refiere a la tendencia de las personas a actuar en forma aislada y egocéntrica, al margen del grupo y de los intereses colectivos.

El yo, el prestigio, el orgullo y lucro personal, constituyen la principal motivación de la generalidad de nuestros políticos, eclipsando el amor al prójimo y el interés por servir a los demás y de trabajar por el bien común.

El individualismo es un factor determinante de las características negativas de nuestra vida política. Es la causa de la atomización de los partidos. En Nicaragua hay tantos partidos, como políticos hay. La fragmentación es un proceso continuo derivado del hecho de que todos quieren gobernar, todos quieren ser candidatos a cargos públicos, de modo que se separan del núcleo original para crear nuevos partidos con sus adeptos más cercanos. Por eso hay y habrá cada vez, más partidos y movimientos políticos en Nicaragua.

Los programas, los idearios políticos o principios doctrinarios, que constituyen la esencia, razón de ser, o filosofía de un partido, no tienen mayor importancia entre nosotros. Lo único que vale son las ideas personales, del líder o caudillo. Él es el partido. Su voz, es la voz del partido.

En Nicaragua las alianzas políticas son increíbles. Enemigos a muerte hasta ayer, hacen pactos de hermanos; y partidos políticos con ideologías muy distintas entre sí, se agrupan en un frente común, de cara a elecciones generales. Quedaron atrás los principios. El interés individual pareciera ser la única fuente de motivación.

Los “camaleones políticos” son típicos en nuestro país. Cambian de acuerdo con el color del partido gobernante. Políticos que eran somocistas, adoptaron con facilidad el rojo sin mancha liberal, el verde conservador y el rojo y negro sandinista.

Un castigo emocional del individualismo, son los celos enfermizos que sufren los políticos con el éxito de sus rivales. No pueden tolerar que sean otros y no ellos los que sobresalgan y sean preferidos, de modo que recurren a todas las armas para destruir, desacreditar, desprestigiar y descalificar moralmente al adversario.

El exagerado amor propio, hace al político hipersensible a la crítica, incluso a la crítica constructiva y razonable. No puede aceptar que es humano y sólo Dios no se equivoca. Su vanidad es más fuerte que su lógica. Por la misma razón es muy vulnerable al elogio servil, de modo que los políticos de éxito se ven frecuentemente rodeados de parásitos que hacen corte, les acompañan a todas partes y les rinden pleitesía.

Las causas de estas manifestaciones de nuestro individualismo egoísta, habría que buscarla en los principios y valores que conforman la cultura política nacional.

Nos hemos criado con la idea de que la política es un medio fácil para hacernos ricos; que el cargo público es una oportunidad para lucrarnos, que la política es un juego sucio donde todo es permitido. Estas concepciones arraigadas en nuestras conciencias, abonan y nos hacen tolerantes a las prácticas políticas, ególatras y deshonestas, contribuyendo a que se perpetúen en nuestro medio.

Se nos plantea el desafío de construir una nueva ética política, a través de la educación en principios y valores de amor al prójimo, integridad personal, patriotismo y espíritu de servicio a la comunidad. Solo así podremos realizar algún día el sueño de Pedro Joaquín Chamorro C., de ver transformada la función política en “apostolado de sacrificio”, en aras del bien común, en vez de instrumento egoísta de dominio y lucro individual.

*Psicólogo. Doctor Honoris Causa de la UNAN-Managua.

naserehabed@hotmail.com