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Los problemas que nos aquejan no son políticos. Si lo fueran, la parte sana de la sociedad arreglaría los abusos en el corto plazo. El problema es mucho más profundo.

Desde 1821 la discordia se ha manifestado a través de Argüello y Cerda; Ordóñez y Sacasa; Fruto Chamorro y Jerez; Zelaya y Emiliano; Somoza y Sandino; Alemán y Ortega.

El carácter de los nacidos en Nicaragua es un caldo de cultivo fértil para desarrollar caudillos. Parece que no sabemos usar la libertad. Como le tenemos miedo, estamos deseosos de entregársela a cualquier caudillo o partido. El caudillo no surge de su propio talento o capacidad, sino del fervor que la masa, consciente o inconscientemente, deposita en él.

Es un problema más de cultura que de política, y, siendo así, al enfocarnos en la solución política hemos atacado la calentura y no la infección. Hemos puesto la escalera en la pared equivocada. No estamos planteando bien el problema. Y un problema mal planteado no se resolverá aunque todo el procedimiento con que se enfrenta sea correcto.

Freud elaboró su teoría de la personalidad con una triple estructura: El Id, el ego, y el súper ego. El Id representa la fuente inconsciente de toda energía, es el instinto manipulándonos. El súper ego es la instancia moral, el orden social que nos gobierna desde el subconsciente. Y el ego, como un relámpago entre esas dos oscuridades, representa el momento racional y sensato que intenta rescatar al hombre individual del yugo social que lo hace rebaño.

El súper ego es como una segunda naturaleza, como un molde que la sociedad impone, son formas impersonales de comportamiento. El hombre en lo personal está obligado a revisar la herencia y asimilarla. Asimilar, significa hacer propio lo extraño, desechando lo inútil o negativo. Solo así el hombre es hombre en el verdadero sentido de la palabra.

Todo ese repertorio que ha creado el hombre y que hereda a su descendencia evoluciona muy lentamente. Su vigencia es difícil de variar en el corto plazo.

Acrecentar las virtudes y disminuir los vicios de la sociedad son operaciones que requieren de inteligencia. Pero estos cambios no tienen importancia cuando ocurren en un solo individuo. Esos cambios, esos pensamientos, sólo adquieren valor para cambiar un pueblo, cuando el tiempo los transforma en costumbres, creencias o instituciones, en cultura.

“Por sus frutos los conoceréis”, dice el evangelio, y si aplicamos eso a los nicaragüenses encontramos una cosecha desastrosa que seguirá igual si no mejoramos la semilla.

Una sociedad no lo es en realidad cuando los componentes del grupo no se sienten como tales, cuando cada quien actúa como si los demás no existieran; cuando los estudiantes universitarios exigen el 6% sin importar qué pasará con los de primaria y secundaria o con el sueldo de los maestros.

Lo mismo ocurre cuando los políticos son incapaces de anteponer los intereses de Nicaragua a los propios; cuando los desmanes de la autoridad son vistos con naturalidad, como rutina; o cuando los medios de comunicación le dan cabida como grandes figuras a quienes por sus actuaciones lo único que merecen es nuestro desprecio.

El voto no es tan importante. Lo importante es que formemos una verdadera sociedad. Una sociedad construida sobre la dignidad de sus miembros. Solo entonces el pueblo será soberano.

*Jubilado