•   Managua, Nicaragua  |
  •  |
  •  |
  • elnuevodiario.com.ni

Humberto Ortega escribió un artículo en la edición de El Nuevo Diario del 29 de agosto, titulado “Ejército Constitucional”.

Después de tanto tiempo, este señor Ortega sigue pensando que la revolución de 1979 se hizo porque un puñado de hombres se reúne diez años antes para hacer un balance en Costa Rica sobre lo que han hecho en ese período. Y elaboran la estrategia general, el programa histórico y los estatutos.

Es un caso patético donde para Ortega un acontecimiento decisivo, de participación política de la ciudadanía no tiene una explicación objetiva, que aísla al somocismo, y que produce un salto en la conciencia de las masas. Ni el programa histórico ni los estatutos de organización alguna tienen nada que ver con acontecimientos de masas. Habría que ver en qué consiste la estrategia de 1969 y que tenga ésta que ver con los hechos ocurridos en 1979. Por supuesto, estrategia no es dar rienda suelta a las máximas pretensiones subjetivas, como plantear que será disuelto el ejército enemigo.

La estrategia define cómo desarrollar los factores que en la situación política concreta llevan a un cambio en la correlación de fuerzas; comprende y ataca las debilidades de la estrategia del grupo en el poder; define el carácter de los cambios sociales y políticos, el sujeto social de los mismos y las alianzas necesarias; las formas organizativas adecuadas para hacer converger los factores objetivos y subjetivos que favorecen tales cambios en el plano económico y político; y las bases para enfrentar las amenazas internas y externas, para sostener dichas transformaciones.

Luego, escribe en su artículo sobre el carácter del régimen que implantaron en 1979: “somos un régimen férreo, partido-estado-ejército, autoritario como cualquier otro en guerra”.

Nuevamente, las masas parece que perturban, incluso, la definición elemental del régimen político. ¡Es un régimen sin carácter social! “La guerra se enfrenta –según escribe este señor- como un régimen cualquiera”. Extraña manera de creer que la dirección de ese régimen cualquiera sea revolucionaria. Pero, en realidad, la definición que da de su régimen no es una definición cualquiera. Es la que corresponde al poder de una burocracia militar, es decir a un régimen bonapartista.

A este señor Ortega, ni siquiera le interesa señalar que el campesinado les enfrentaba militarmente, y que este sector social era la base de la contrarrevolución, porque su régimen cualquiera, autoritario en confronto con las masas trabajadoras, no sólo no representaba al campesinado, sino que desarrollaba un programa burocrático que atacaba la realidad del campesino (que demanda el mercado interno, mientras sus productos venían férreamente requisados a voluntad del partido-estado-ejército).

“La guerra de agresión no permite gobernar en paz y en democracia”, escribe este señor. Otra vez, demuestra que aún cree que lo importante son las intenciones subjetivas (gobernar en paz y democracia, en una realidad política vacía de intereses sociales). Sin comprender aún que la estrategia se traza, precisamente, considerando el desarrollo político de los intereses sociales.

El somocismo era parte de una realidad de dominación imperialista, cuyas fuerzas, necesariamente, intentarían contener los cambios, o revertirlos y contrarrestar su expansión en el resto del área centroamericana. Para ello, recompondrán un nuevo ejército, formado a partir de las contradicciones sociales agravadas por la torpeza burocrática (del partido-estado-ejército).

Para 1989, si no la totalidad de la población, ciertamente más del 62% estaba radicalmente en contra de los dirigentes de este régimen cualquiera. Ello significa haber perdido el capital político y haber perdido la guerra (cuyo objetivo es siempre político). Convirtiéndose en los dirigentes que menos tiempo han estado en el poder luego de una revolución. Y, después, en los dirigentes que en desbandada, más abiertamente saquearon los bienes del pueblo, en el fenómeno vergonzoso de la “piñata”.

El gran logro histórico de la década de los ochenta, no se debe al EPS –como señala este señor-, sino, a que después de la derrota de Somoza, el pueblo logra derrotar al régimen militar, autoritario, de los Ortega.

Por último, delirando en el sueño bonapartista, afirma que el ejército y la policía nunca serán instrumento de la clase económica ni de la clase política, porque así lo reclaman los héroes. Considera una estructura de poder, parasitaria, aislada de las luchas sociales, situada por encima de las clases y de la sociedad, y de sus contradicciones e intereses.

Es el ideal de un dictador militar; que recuerda la frase de Jorge Luis Borges: “las tiranías fomentan la estupidez”.

 *Ingeniero Eléctrico