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Apreciado Dasgespenst, gracias por tus estimulantes frases, y como tú me lo pides, sigo cabalgando, aunque “un horizonte de perros ladre muy lejos del río”. A pesar de que “la luz del entendimiento me hace ser muy cómodo”, no falta quien diga que ataco a Darío cobardemente pues no puede responder, pero tampoco puede responder a quienes les alaban tan alegremente.

Una de las recomendaciones de la ética aristotélica es “no hacer afrentas, no herir a nadie, no injuriar a otros. Cualquier hábito del alma suele orientar su naturaleza con arreglo a aquellas cosas que pueden ennoblecerla o degradarla”. Cervantes aconseja: “Cada uno mire cómo habla o cómo escribe de las personas, y no ponga a troche y moche lo primero que se le viene al magín. Enfrena la lengua, considera y rumia las palabras antes que te salgan de la boca”.

¿Desconoció Darío estas amonestaciones? Parece que sí. ¿De dónde le nació esa fobia, esa iracundia contra el pueblo con que echó baldón a su nombre? Parece que fue emulando a Horacio, porque si en algo se diferenció de escritores serios, fue en su notoria y confesa propensión a emular a quienes él consideraba “espíritus superiores”.

Oigamos sus denuestos: “Masas populares cerradas e ignorantes, turbas de descamisados”. “No gusto mucho del contacto popular, la muchedumbre me es poco grata con su rudeza y por su higiene”. “He de estar siempre contra la avenida cenagosa, contra la oscura onda en que hierven todas las espumas del populacho, contra el odio de abajo”.

Oigamos lo que dice en su “Abrojo XXI”, quien nunca tuvo un centavo en un banco: “He aquí el coro que entonan los vagos y los mendigos: ¡Guerra a muerte a los banqueros que repletan sus bolsillos! Regla general: Los pobres son los que odian a los ricos”. Pero el colmo a que llega en un arrebato de “delirium tremens”, es cuando en “Historia de mis libros”, cuenta: “En A Roosevelt se preconizaba la solidaridad del alma hispanoamericana ante las posibles tentativas imperialistas de los hombres del Norte; en la poesía siguiente se considera la poesía como un especial don divino y se señala el faro de la esperanza ante las amenazas de la baja democracia y la aterrorizadora igualdad”.

Corresponde a la poesía IX de “Cantos de Vida y Esperanza”, que en una de sus partes dice: “La insurrección de abajo tiende a los Excelentes. El caníbal codicia su tasajo con roja encía y afilados dientes”. No se necesita de mucha inteligencia para comprender quién es el caníbal y quiénes son los Excelentes.

En la antigua Roma, los amos solían tener un esclavo intendente llamado “lorarius”, conocido en Grecia como “nomenclator”. Oigamos lo que en la obra del comediógrafo latino Plauto “Los cautivos”, les dice un “lorarius” a los otros esclavos: “Puesto que esta es la voluntad de los dioses, es necesario que os sometáis a vuestra desgracia. No hay otra manera de endulzarla. Sé que habéis sido de condición libre, pero puesto que habéis sido hechos prisioneros, haréis vuestra servidumbre más ligera al mostraros más sumisos a la voluntad del amo. Un amo que no se equivoca nunca: y hasta el mal que nos hace debemos encontrarlo bien”.

El amo Darío tiene también sus “lorarius” que a través del tiempo se han encargado de decir a los ingenuos que “él no se equivoca nunca”, y hasta sus insultos y alfilerazos que les endilga, deben recibirlos como dulces caricias y sentirse agradecidos, y son estas pobres criaturas que no piensan por cuenta propia, quienes ya por Internet, ya por la prensa escrita, alzan su feroz vocinglería en contra de quien desea liberarlos.

Pero el excelso andaluz Antonio Machado nos dice: “La verdad es lo que es, y sigue siendo verdad aunque se piense al revés”. Siempre habrá quienes les guste que les digan que hieden, que son ignorantes, que los desprecien, y que los traten de populacho, que son turbas descamisadas, que les llamen “caníbal”. Eso no habrá quien lo evite jamás.

Dice Darío: “Además del cerdo y el cisne que nos han adjudicado ciertos filósofos, tenemos el ángel”. Este decir del poeta oxigena mi cerebro y me ayuda a comprender que muchos escritos “son inspirados por el cerdo.”

Yo aconsejaría a quienes me critican leer la “Ética” de Aristóteles, “Las fuerzas morales” de José Ingenieros, y “Pedagogía del oprimido” de Paulo Freire. Quizá así podrían entrar en razón y aprender a tener un poco de autoestima, de amor propio, y guardarse sus insultos para quien les ofende, y no para quien los defiende.

 

*Escritor autodidacta. Te. 2268-9093

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