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Una desmedida ambición de mando ocupa el primer lugar en nuestra escala de valores. Cuando el nicaragüense dice de alguien que está mandando, lo dice con gran admiración o con una profunda envidia. En Nicaragua el deslumbramiento, el entusiasmo y la fascinación que produce mandar no solo afecta el comportamiento del que realmente manda sino que también afecta la personalidad del que no tiene mando, pero que por tener un puesto en el gobierno debe dar la apariencia que manda.

Los que viven aparentando que mandan son los que padecen, con mayor gravedad, del síndrome del figureo, siendo un tipo raro de amnesia uno de los primeros síntomas de tan curiosa enfermedad.

Yo conocí en el exilio a muchos nicaragüenses con los que hice amistad. Naturalmente que ninguno mandaba. La circunstancia de haber ejercido mi profesión de abogado en San José de Costa Rica, me permitió servir profesionalmente en forma gratuita a algunos de ellos, y en no pocas ocasiones hasta ayudé, a más de uno, a superar temporalmente situaciones económicas muy difíciles.

Cuando regresé a Nicaragua, varios meses después del triunfo de doña Violeta, me encontré con la agradable sorpresa de que varios de mis amigos, al regresar a este país, se habían convertido en personajes políticos con vistosas apariencias de mando. Algunos de ellos formaban parte del gobierno y otros dirigían empresas estatales. Como en Nicaragua solamente conozco gente de Acoyapa y de sus comarcas aledañas, me alegré contar con amigos que mandaban en Managua. Abrí mi oficina de abogacía y empecé lo más difícil, algo que no se enseña en ninguna universidad del mundo: la búsqueda de clientes.

Con el primero que intenté hablar nunca pudo recibirme. Siempre estaba en reuniones. Yo pensaba únicamente pedirle que me enviara, de vez en cuando, alguno que otro trabajito a mi oficina. Lo vi una vez en un restaurante y se hizo como el que no me conocía. La verdad es que con todos me pasó igual. Nunca pude hablar con ellos. Ya no me conocían.

Yo jamás me disgusto por estas cosas. Mi posición intelectual siempre ha sido la de primero tratar de comprender, no juzgar. Y comprendí que sus amnesias respondían a transformaciones patológicas de la personalidad, a raquitismos psicológicos, a desnutriciones espirituales de tercer grado... Estaban realmente enfermos. A veces hasta sentí lástima por sus espejismos de mando, por sus soberbias de poder, por esas ilusiones vagas, pasajeras... Sentí lástima principalmente por el amigo que ocupaba el cargo más importante y el más difícil, porque me imaginaba sus enormes y teatrales esfuerzos para aparentar que mandaba, cuando todo el mundo sabía que en el ministerio a su cargo, el Ministro, es decir, mi amigo, mandaba tanto como lo que yo mandaba en el Pentágono.

Mis amigos que continúan mandando siguen amnésicos. Siguen sin conocerme. Los que ya salieron del gobierno, los que dejaron de mandar, recobraron la memoria. Me encontré con uno de ellos en la barbería del Hotel Intercontinental y ¡qué alegría!, me conoció. Me saludó efusivamente, me dio el teléfono de su casa, su dirección y me preguntó, interesado por mi familia, por los estudios de mis hijas... Ese mismo día asistí a la inauguración del Banco Europeo de Centroamérica, BECA, y me encontré con dos amigos más, uno, exministro, y el otro, exdirector de una entidad autónoma. También me conocieron. Fue un encuentro alegre, de risas y abrazos y de recuerdos comunes, como en los tiempos del exilio, cuando no mandaban. Me dieron sus teléfonos y las direcciones de sus casas y al despedirnos me pidieron que no perdiéramos el contacto.

De regreso a mi casa estuve reflexionando sobre cómo el ansia de poder y la apariencia de tenerlo habían enfermado a mis amigos. Yo creo que sería interesante para la ciencia que el doctor Watson, el que dirigió el Proyecto del Genoma Humano en California, estudiara cómo fue alterado el código genético de mis amigos en lo concerniente a la amnesia y por qué las enzimas reparadoras del DNA funcionaron —haciendo desaparecer el síndrome del figureo— hasta que dejaron de mandar, hasta que dejaron de ser funcionarios del gobierno.