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En algunas ocasiones hemos escrito sobre la transformación patológica que se produce en la personalidad del nicaragüense cuando es nombrado para ocupar un alto cargo en la administración pública.

Hemos relatado su ingreso en el Olimpo. También hemos estudiado su comportamiento en su viaje de regreso a la llanura, cuando ya va de vuelta a la normalidad. Y también hemos relatado cómo se comporta cuando está definitivamente viviendo en este mundo. Cuando ya está curado. Cuando se ha dado cuenta de nuevo de que es un pobre mortal. Pero nunca hemos hablado de las relaciones del alto personaje político con los funcionarios del organismo o entidad que ahora le toca dirigir.

Después de observar ante todo su talante de poder y suficiencia, que es algo así como su carta de presentación, lo primero que salta a la vista son sus modales de patrón, pues trata a los funcionarios públicos bajo su más inmediata dependencia como si fueran sus empleados. Los que tuvieron la suerte de no haber sido echados a la calle por el nuevo patrón, los que tuvieron la suerte de sobrevivir, deben recordar en forma permanente dos cosas: Primera: que deben vivir agradecidos de que no los haya corrido y Segunda: que deben vivir con la conciencia clara, y entre más clara, mejor, de que en cualquier momento los puede correr.

El agradecimiento y la conciencia citados no deben quedar en el fuero interno de los empleados. Deben exteriorizarse. Deben manifestarse a través de públicos, constantes y expresivos reconocimientos a la inteligencia fuera de serie del patrón. En realidad los empleados del patrón deben comportarse como los compañeros del más conocido de los personajes de Homero, que llegaron a admirar tanto la inteligencia de Ulises que, para cultivar esa admiración, no tuvieron más remedio que terminar ellos mismos amando su propio embrutecimiento.

Es saludable también, y en forma reiterada, que los empleados reconozcan sin titubeos la brillante como asombrosa eficiencia del patrón, sus continuos golpes de genialidad, su gran visión del futuro, su suerte con las mujeres, su singularísimo olfato por el éxito y el poder, su extraordinaria responsabilidad histórica...

Además se debe reconocer en todo momento que es un hombre que manda, que tiene peso, que se mueve en las profundidades del poder, que sabe todo —información es poder— pero que no puede decir mucho por razones de Estado, y que por estas razones, tiene la sutileza de no decir nada de más.

Tampoco los empleados deben olvidar echarse, aunque sea sin ganas, alguna que otra carcajada, cuando el patrón, en un inusual momento histórico de camaradería, toma también la trascendental decisión de contar un chiste. Siempre es importante como beneficioso recordar que nadie debe tener la irrespetuosa osadía de no celebrar los chistes del patrón.

Todo lo anteriormente expuesto obliga a nuestros funcionarios públicos, para no perder sus puestos, a comportarse, no como funcionarios del Estado, sino como empleados del patrón. A veces este comportamiento hasta deja de ser obligatorio, como por ejemplo, cuando el funcionario, por la ley del acomodamiento, termina acostumbrándose a sentirse empleado del patrón. Esta ley es muy parecida al proceso psicológico que sufre el esclavo cuando empieza a sentirse a gusto con sus propias cadenas.

Yo creo que esta situación siempre ha sido perjudicialmente grave para el país porque la lealtad del funcionario con el Estado, al ceder el paso a la lealtad del empleado con el patrón, conduce inevitablemente al servidor público a supeditar los intereses del pueblo a los intereses del patrón. Esta circunstancia alimenta la inmoralidad administrativa. El patrón sabe que, aún en contra del interés público, su empleado le va a obedecer, so pena de perder su puesto si no lo hace.

Es indudable la urgente necesidad nacional de poner en vigencia una ley de servicio civil; una ley que defienda la estabilidad laboral del servidor público.

Pero debemos contar con la seguridad de que dicha estabilidad va a estar realmente garantizada por el Poder Judicial. Solamente así podremos iniciar el camino de superar la penosa situación que apenas hemos esbozado. Solamente así podremos emprender la tarea de proporcionarle al funcionario público la dignidad que se merece.

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