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La profunda crisis que se ha instalado en el mundo occidental parece que por largo tiempo no es, ni mucho menos, ni una casualidad, ni un fenómeno repentino. Más bien, se trata de la constatación del ocaso de los principios que fundaron la llamada cultura jurídica europea, si se quiere, cultura jurídica occidental. En efecto, la matriz cultural y política del Estado de Derecho, principal expresión de toda una civilización y una forma de entender el mundo se resquebraja ante el dictado del poder político y del poder financiero.

A poco que se contemple la realidad circundante se observa cómo el primado de los derechos fundamentales de la persona se pisotea y lesiona por doquier, empezando por el derecho a la vida. Por otra parte, la separación de los poderes es una quimera, habiéndose admitido, como algo inevitable, el dominio de uno de los tres poderes del Estado sobre los otros. Y, por si fuera poco, nos encontramos no pocos parlamentos convertidos en espacios para la conformación de la ley, no como producto de la razón, sino del enfrentamiento y la confrontación, como el resultado de una forma unilateral de ejercicio del poder. En el fondo, es el triunfo de Hobbes sobre Tomás de Aquino, la victoria de la voluntad sobre la razón, el predominio del poder sobre el derecho.

A esta situación se ha llegado, precisamente por haber horadado los más elementales rudimentos del Estado de derecho. Y no sólo eso, si en lugar de cultivar el gusto por el pensamiento, sobre todo en los jóvenes, se inocula desde la cúpula la dictadura del emotivismo y el reinado del consumismo insolidario, resulta que las humanidades nada pintan y hasta deben desterrarse de los planes de estudios a favor de una visión más pragmática y funcional, más rentable. En este ambiente, la utilidad se impone, el lucro todo lo justifica y la única ley que se tolera es la del máximo beneficio en el más breve plazo de tiempo posible. En el terreno político, el voto a cualquier precio, usando los procedimientos o métodos que sean, eso es lo de menos.

Europa, bien lo sabemos, y es una realidad incontestable por más que algunos no les guste, conforma una forma de entender el mundo y la vida que trae causa de la filosofía griega, del derecho romano y de la cultura cristiana. Reflexión, justicia y solidaridad han configurado, de forma indeleble e indisoluble, los rasgos definitorios de un continente, hoy profundamente enfermo, que hizo de la indignación frente a la esclavitud y a la dominación un paradigma que animó tantos ejercicios de lucha por la libertad y la igualdad en tantas partes del mundo.

Hoy estamos dominados por una dictadura sutil pero tremendamente poderosa. Estamos bajo la égida de ese pensamiento único del que algunos obtienen pingues beneficios y por eso luchan denodadamente por mantener la posición. Estamos ante el imperio de la razón positiva y funcional, ante el primado de la voluntad y la fuerza sobre la razón y el derecho. Estamos sumidos en un panorama cultural de pensamiento plano y unilateral que brilla con luz propia en un ambiente en el que el pluralismo es un peligro y en el que existe, está comprobado, un colosal miedo a abrir las ventanas a los postulados de lo que se denomina pensamiento abierto, plural, dinámico y complementario.

Por todo ello, y por muchas razones más, para acabar con la crisis moral que asola el mundo llamado occidental es menester recuperar la razón, la centralidad de la dignidad del ser humano, el gusto por el pluralismo y, sobre todo, un espacio público en el que de verdad sea posible escuchar y tener presentes todas las variadas expresiones que habitan en una sociedad que, por definición, es abierta. Mientras siga dominante el enfoque unilateral, único y exclusivo del que algunos extraen cuantiosísimos beneficios, seguiremos, erre que erre, instalados en el actual estado de cosas.

En fin, el mundo occidental precisa también de una rebelión intelectual que denuncie las causas de lo que nos pasa y que, a la vez, proponga soluciones. Unas soluciones que, a mi juicio, se encuentran en el pensamiento abierto, plural, dinámico y complementario en un marco de racionalidad en el que la justicia y la solidaridad jueguen el papel que se merecen.

 

* Catedrático de derecho administrativo