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La Historia es cruelmente inoportuna, suele pasar factura en el peor momento. Es injusto, ciertamente, que los Estados Unidos de Obama, que en el discurso de El Cairo propuso una reconciliación con el mundo árabe y musulmán, que apoyó la primavera árabe con, como mínimo, mayor convicción que la Unión Europea, y que ha expresado su voluntad de cooperar con los gobiernos islamistas supuestamente moderados surgidos de las primeras elecciones democráticas en Túnez y Egipto, pague ahora el precio de tantos años de desprecio imperial hacia los pueblos del norte de África y Oriente Medio, tantos años de apoyar regímenes autocráticos como los de Ben Alí y Mubarak, tantos años de sostén a Israel haga lo que haga.

Que nadie se llame a engaños: El resentimiento con Washington en el mundo árabe y musulmán es muy profundo, y se ahondó enormemente en los años de George W. Bush, con la invasión de Irak, las barbaridades de Abu Ghraib y Guantánamo y una forma brutal de combatir el yihadismo que, entre otras cosas, se apoyaba en las autocracias árabes, a las que se subcontrataba la detención y tortura de muchos sospechosos.

Es evidente que EU no es responsable del bodrio cinematográfico que denigra a Mahoma. Y aún lo es más que las reacciones de las turbas salafistas en Egipto, Libia, Yemen, Sudán y Túnez solo hablan mal de sus protagonistas. El salafismo, esa interpretación fundamentalista del islam suní regada por los petrodólares de Arabia Saudí -aliado de EU- es, tristemente, un tumor en expansión.

Sus víctimas ahora son las sedes diplomáticas de EU. Pero en los últimos meses lo han sido muchos hombres y mujeres árabes por cosas como exposiciones de cuadros o series de televisión consideradas “blasfemas”, por no llevar el hiyab, por negarse a que los Estados surgidos de la primavera árabe sean confesionalmente integristas. Hasta los sufíes, musulmanes practicantes de una hermosa vía mística, están siendo sañudamente perseguidos por los salafistas en el norte de África.

Los demócratas tunecinos y sus amigos en el exterior llevaban meses denunciando que los salafistas estaban imponiendo su matonismo en el país del jazmín. Ahora, con los brutales asaltos en Túnez a sedes diplomáticas y centros vinculados a EU, el mundo sabe que esas denuncias no eran paranoicas, que el salafismo está aprovechando la libertad recién conquistada para imponerse a puñetazos si es preciso, tal y como lo hicieron los nazis en la República de Weimar.

Sí, Obama paga una pesada factura histórica. Quizá el mayor símbolo de esta injusticia sea la violenta muerte de Chris Stevens. El embajador norteamericano en Libia hablaba árabe, quería a los árabes y apoyaba el deseo de libertad y dignidad de millones de ellos.

 

* El País