León Núñez
  •   Managua, Nicaragua  |
  •  |
  •  |
  • elnuevodiario.com.ni

En algunas publicaciones he explicado el fenómeno de cómo el poder —el poder de los que verdaderamente mandan— transforma el alma de los nicaragüenses. Asimismo he explicado cómo el poder de los que no mandan la transforma también. Me refiero en este último caso a los políticos que no mandan —que realmente no pueden— pero que la sonoridad del cargo público que ejercen, la aparatosidad teatral de que se rodean y el ansia de poder, los obliga a aparentar que mandan, que pueden. Son los pacientes que sufren lo que se conoce como el síndrome del figureo.

También he escrito sobre la teoría del mencionado síndrome. Expliqué en qué consiste la enfermedad, pero nunca cómo empieza. Tratar de abordar en un artículo periodístico la profunda complejidad de esta enfermedad mental, en su más temprana sintomatología escapa, al parecer, a cualquier esfuerzo de síntesis.

Sin embargo, mientras yo pensaba cómo describir concretamente a mis lectores los primeros síntomas, me encontré con un amigo que me contó un caso interesante, que contiene ejemplos muy ilustrativos que nos pueden ayudar a comprender mejor los síntomas —los primeros síntomas— que yo pensaba describir al nivel de la teoría.

El trece de enero de mil novecientos noventa y siete, empezando su período presidencial Arnoldo Alemán, mi amigo llamó por teléfono a un Ministro para felicitarlo por su nombramiento; por haber conseguido tan alta investidura. Y lo llamó porque eran amigos. Dice que inmediatamente se percató que no era el mismo. No solamente pudo detectar un ligero cambio en su timbre de voz, sino que lo que le dijo y la entonación con que se lo dijo le había dado la impresión de que la historia había depositado en sus manos el curso del destino; que era la voz del político que acababa de emprender el camino hacia la gloria, hacia la séptima morada del poder, en donde el hombre se convierte en pauta, inspiración y guía; que nunca se imaginó que a su amigo se le fuera a subir Roma a la cabeza.

Pocos días después tuvo la oportunidad de saludarlo en una de esas abundantes recepciones en que se debaten famas, se aplastan reputaciones y se juega verbalmente a la taba con honras y deshonras establecidas. Dice que su saludo fue amable, pero distante. Era la lógica distancia entre la primavera del poder y el otoño de la obediencia. Mi amigo, que nunca ha sido políticamente un hombre ansioso de proximidades se dedicó a observar al Ministro desde un discreto segundo término.

Su mirada había cambiado. Ahora tenía una mirada inquietante y profunda. Era la mirada del hombre que sabe leer en el acaso; del hombre que influye decisivamente en el curso de los acontecimientos. Era la mirada de Alejandro Magno organizando el futuro, cuando pensaba en la unidad de Macedonia. En la frente del Ministro se podía ver cómo se estaba configurando el pensamiento de la nueva Nicaragua. Hasta había transformado la expresión de su rostro. Ahora mostraba una cara que nada más mirarla emitía órdenes.

Dice mi amigo que incluso la manera de caminar del Ministro había cambiado; que ahora lo hacía con porte severo y soberbio, pero sin llegar a una excesiva petulancia; que sus ademanes parecían demostrar intensos adiestramientos en el arte de caminar en la sombra, en donde florecen las tretas de la alta política. Y que mientras el Ministro recorría el salón abarrotado de gente, sus movimientos rozaban la perfección de la armonía, la armonía del poder, en donde habita la lírica de las decisiones definitivas.

El Ministro vestía un traje impecable. Un traje que seguramente contenía, a su juicio, la elegancia más profunda de la vida. Un traje con el que podría coger desprevenido el corazón de la Princesa Diana. De haber vivido en la Roma antigua, se le hubiera quedado corto Petronio: el árbitro de la elegancia romana.

Pero todo era apariencia. Dice mi amigo que se trata de la apariencia del político que hace del figureo una profesión; que se trata del político que aparenta que manda, pero que en el fondo obedece; que su figuración no nace del poder sino de la obediencia; que se trata de los políticos más insufribles de la historia, porque sus deseos de poder solamente tienen la ambición como soporte.