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Si en la elaboración del mensaje es de suma importancia la imagen que el periodista tiene de nuestra gente, no menos valiosa es la representación que las audiencias se forjan de los periodistas y de sus mensajes, porque de eso depende la identificación o el rechazo que generen en ellas el mensaje, el medio y los periodistas.

Allá por 1880 los periodistas eran personas muy estimadas en todos los ámbitos sociales, el gremio contaba con varones autodidactas, sabios, talentosos y destacados en diversas artes. Ya entrando al Siglo XX los periodistas conservaron esa estima popular que adornaron con una bohemia elegante, alegre, poética e intelectual. Fueron personajes que enaltecieron al periodismo ante la opinión pública.

De pronto llegó el fenómeno del “venadero” y los periodistas que lo practicaron fueron menospreciados, no solo por la gente sino por su mismo gremio. El “venadero” era aquel periodista que vendía su criterio al mejor postor.

Pese a las críticas adversas el “venadeo” pronto adquirió categoría y legalidad. De repente se volvió lícito trastocar los valores propios del periodismo y de la noticia, si de eso se obtenían más grandes y seguras ganancias. No hubo sobresaltos éticos ni morales cuando surgió la melcocha del “publi-reportaje”. La cacería de venados se volvió de elefantes.

Dar gato por liebre constituye un antivalor que se explota en esta grotesca concepción comercial de la noticia y eso trastoca los principios en que se funda nuestra profesión. Los periodistas conscientes claman por revivir la olvidada ética, la ignorada moral, la desconocida deontología muertas en la mayoría de los medios. El perceptor, pese al bombardeo engañador que cae sobre él, sabe que esta comunicación está lesionando sus derechos en materia de información.

Volviendo a las audiencias, éstas jamás han tenido opciones. El mensaje es propiedad del propietario mediático y se acabó. Sin decirlo, este proceder parte del criterio de considerar a la gente como seres ignorantes, incapaces de razonar, masa compradora de cachivaches que se manipula con vidrios de colores. Las audiencias están conscientes de esta situación y buscan alternativas para dejarse oír. La lucha es como el combate entre un pequeño David y un gigante Goliat acostumbrado a aplastar, denigrar, satanizar y escarnecer sobre todo a la gente humilde. Un gigante amarillo que irrespeta la honra, la privacidad, los valores y las desgracias del ser humano.

De un tiempo acá se propone la figura del ombudsman, como “defensor de las audiencias” que estarían calibrando, no los valores, sino el desempeño de los medios en relación con algo. Sin embargo, esta institución estaría bajo la égida de las redes mediáticas, así que siempre la colectividad quedaría en el limbo de la enajenación.

Otra figura “defensora” son los Consejos Directivos, conformados por señorones que se reúnen cuando los citan los dueños del medio para hablar de cosas que nadie cuestiona. Son personajes de figureo a quienes el medio “honra con su designación”. Nada tiene que hacer ahí la gente del pueblo ni se crea que la invitarán algún día.

De lo anterior se colige que a “importantes” medios del patio no les interesa saber su propia calidad moral y ética ni las de sus “profesionales”. Las encuestas que encargan se dirigen hacia preferencias comerciales, pero no dicen nada de los valores que deberían sustentar los medios y los periodistas. Bueno será que nos dijeran cual es el medio y el colega más ético. Eso parece misión imposible.

Por esas u otras cosas algunos colegas han planteado la urgente revisión de éste y otros problemas. Se trata de lograr un renacimiento de los valores propios de nuestra profesión y defender, como parte del pueblo, el derecho humano de las audiencias a recibir una comunicación veraz, democrática, humanística y de eminente función social.

Hay razón para considerar que el humanismo con que surgió la Carrera de Periodismo se ha perdido dentro de una carrera loca de mercantilismo. Eso también merece un examen. De poco servirá alcanzar enormes índices tecnológicos en propagación de mensajes si esto sólo servirá para multiplicar a niveles no imaginados las taras y antivalores de hoy.

Los pueblos están despertando, saben que necesitamos una comunicación libre de prejuicios, sin amarillismo, escarnio, especulación y clericalismo. Una información que no sea versión “fashion”, dirigida a fabricar, en serie, personajes de “cabeza hueca”. Una comunicación que no deje daños irreversibles en nuestra psiquis profunda.

 

* Catedrático de Periodismo