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No resulta difícil imaginar al ser humano en sus estadios primigenios de organización social, haciendo esfuerzos por transmitir sus mensajes a través de un sistema rudimentario de comunicación que debió comenzar primero con señales y gestos, hoy cada vez más importantes con el desarrollo de las relaciones sociales. Por eso, no es fácil concebir un mensaje a través de la palabra hablada en la que no entre en juego todo el ser que la pronuncia. En verdad, lo que usted diga, si lo dice bien, es siempre esencial para la comunicación; pero hay circunstancias en las que no es tan relevante lo que dice sino cómo lo dice, porque las señales y los gestos –acompañados de la entonación y el énfasis- tienen un valor particular, no solo porque nos permiten transmitir una información, sino porque a través de ellos expresamos diversos estados de ánimo. Tiene razón Bergson: “En todo orador, el gesto rivaliza con la palabra”.

La gran mayoría de los gestos y movimientos que comúnmente empleamos están condicionados por el entorno socio-cultural en el que vivimos, particularmente los que se han ido adquiriendo en el seno familiar y su influencia evidente en nuestro comportamiento y en nuestra manera de “hablar con el cuerpo”.

Muchos son comunes y sus significados compartidos en la mayoría de los países, como mover la cabeza para afirmar o negar algo, fruncir el ceño en señal de enfado, encogerse de hombros para indicar desdén o dar a entender que no comprendemos algo, frotarse la cabeza o darse palmadas en ella para significar enojo o simplemente olvido, etc. Sin embargo, cada gesto -como toda palabra- constituye un signo y puede tener varios significados. Y aun cuando muchos gestos gozan de consenso universal - la “V” de la victoria popularizada por Winston Churchill en la Segunda Guerra Mundial es un buen ejemplo-, no en todos los países y culturas significan lo mismo. Incluso, varían de acuerdo con la época. El dedo pulgar hacia arriba o hacia abajo decidía la vida o la muerte en la Roma de los emperadores, y en la Grecia actual se emplea para insultar. Piense usted en lo que ha llegado a significar entre nosotros.

Un ejemplo revelador, como medio de comunicación y expresión de cultura, es el significado de la vestimenta, que posee sus propios códigos de acuerdo con cada cultura y funciona también como transmisora de ideologías. Porque en la indumentaria hay –como Jano, el dios mitológico de los romanos- una doble cara imposible de separar: una de carácter externo (la que se ve, superficial y artificial, que corresponde al mundo de las apariencias); y otra interior (lo más hondo de nuestra personalidad). Nos vestimos para nosotros mismos y para los demás; nos vestimos por necesidad, pero también porque queremos decir algo. Y cada cultura tiene, dentro de su propio contexto, su vestimenta y su respectivo mensaje. David G. Myers, psicólogo social estadounidense, nos dice a propósito: “Si usted fuera una mujer musulmana tradicional se cubriría el cuerpo por completo, incluso el rostro, y sería considerada desviada si no lo hiciera. Si fuera una mujer norteamericana, expondría su rostro, brazos y piernas, pero cubriría sus senos y región pélvica, y sería considerada desorientada si no lo hiciera. Si fuera una mujer de la tribu Tasaday, de las Filipinas, realizaría sus actividades diarias desnuda, y sería considerada descarriada si no lo hiciera”.

El verdadero significado de los gestos -como todo signo- debe analizarse dentro de un contexto, dentro de una cultura como la totalidad de elementos materiales e inmateriales que determinan el conjunto de modos de vida, conocimientos y grados de desarrollo de una época o de un grupo y todo cuanto el ser humano ha heredado de sus antepasados, como sus costumbres, normas de comportamiento, códigos, vestimenta, prácticas y maneras de ser, rituales y sistemas de creencias. Ian Robertson concluye: “Los estadounidenses comen ostiones, pero no caracoles. Los franceses comen caracoles, pero no grillos. Los zulúes comen grillos, pero no pescado. Los judíos comen pescado, pero no cerdo. Los hindúes comen res, pero no víboras. Los chinos comen víboras, pero no personas. Los jalé de Nueva Guinea encuentran deliciosas a las personas”.

 

* Escritor y filólogo

rmatuslazo@hotmail.com