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Se considera que la humanidad, dígase el homo sapiens, surgió hace unos 200 mil años, pero la historia humana se cuenta desde el surgimiento de la escritura allá por el año 3000 antes de Cristo. Durante los siguientes cuarenta y ocho siglos, los niveles de vida del ser humano se mantuvieron casi inalterables, con limitados derechos (muy limitados), pobre desarrollo tecnológico y científico, excesivo trabajo físico y serias deficiencias de comunicación entre las personas y entre los pueblos.

Resultado: la esperanza de vida entre el año 1000 y el año 1700 se mantuvo casi inalterada, entre los 25 y 35 años de edad, y el ingreso per cápita apenas creció un promedio de 0.3% por año en el mismo período. Al llegar el siglo 20, la humanidad dio un salto dramático. La esperanza de vida en los países desarrollados pasó de 47 a 77 años de 1900 a 1999, la mortalidad infantil cayó de 10% de muertes a inicios del siglo a 0.66% al final, y las muertes por enfermedades infecciosas pasaron de 700 por cada 100 mil a 50 por cada 100 mil.

El siglo 20 generó un crecimiento sin precedentes en el PIB real mundial, un promedio anual en torno al 3 por ciento. Como resultado, el PIB real mundial aumentó al menos 19 veces desde 1900 hasta 1999. Estos cien años vieron el nacimiento de la radio, el teléfono, las películas de cine, la televisión, el bolígrafo, el motor de turbina, el radar, el marcapasos, la computadora y el internet, de igual forma se inventaron los aviones, el aire acondicionado, la energía nuclear, el láser, el plástico sintético y el acero inoxidable y se descubrieron los antibióticos, la insulina, las vacunas (Polio, Tétano, Tuberculosis, etc.), el ácido desoxirribonucleico (ADN) y el genoma humano.

Esta explosión de nueva tecnología dio lugar a un nuevo empleado más calificado y mucho mejor remunerado. Como resultado gran parte de la población mundial experimentó un aumento espectacular en la calidad de vida; el Comodoro Vanderbilt (1794-1877) considerado el segundo hombre más rico en la historia de los Estados Unidos, jamás tuvo el nivel de vida que el hombre común tiene hoy.

Como era de esperarse, los países con mayores índices de educación fueron gestores de todos estos avances, y fueron sus científicos y emprendedores los que desarrollaron la abrumadora mayoría de los mismos. De los 103 premios nobel otorgados en Química a favor de 160 científicos, el 74% provienen de los Estados Unidos, Alemania e Inglaterra. Si metemos el resto de Europa, llegamos a 92%, en restante 8% sólo hay dos hispanoamericanos (el argentino Luis Federico Leloir y el Mexicano Mario Molina).

En el caso del Premio Nobel en Medicina, este se ha otorgado 102 veces a 196 personas, 70% de los cuales viene de estos tres países. Otra vez, de Latinoamérica solo dos, los argentinos César Milstein y Bernardo Houssay. Por último, de los 105 premios en física, otorgados a 189 científicos, también el 70% corresponde a los tres países antes mencionados, y no hay uno solo otorgado a un hispanoamericano.

Pero para llevar estos avances a las mayorías no solo se necesitan grandes científicos, sino también grandes empresarios, mismos que lograron transformar ideas en riqueza y empleo, haciéndolas disponibles a toda la sociedad. El siglo pasado produjo empresarios exitosos como Sam Walton (Wal-Mart), Henry Ford (Ford Motor Co.), Andrew Grove (Intel), David Packard (Hewlett-Packard), Thomas J. Watson (IBM), Alfred P. Sloan (General Motor Co.), William E. Boeing (Boeing), David Sarnoff (NBC y RCA), Jack Welch (G.E.), William Gates (Microsoft) y Steve Jobs (Apple).

¿Y por qué la mayoría de los grandes científicos y empresarios provienen de los Estados Unidos? Pues dos razones se diputan la responsabilidad. La garantía que otorga el estado de derecho permite al individuo desarrollar todas sus capacidades e ingenio, mientras que la inversión en educación e investigación científica permite desarrollar nuevas tecnologías y mejorar la salud y la productividad de la población, mejorando su nivel de vida. La inversión de los Estados Unidos en investigación y desarrollo en el 2011 sumo más de $400 billones de dólares, equivalente al 2.9% del PIB.

China, con 4 veces la población de los norteamericanos solo invirtió $153 billones, mientras que toda Latinoamérica sumada no alcanzó los $30 billones. El estado de derecho sigue siendo una tarea por terminar en nuestra región, especialmente en países como Nicaragua, Ecuador, Bolivia, Cuba y Paraguay, y nuestro esfuerzo por invertir en adquirir y desarrollar conocimiento es mínimo. Si las cosas siguen así, el siglo 21 será nuevamente el siglo de los norteamericanos, y aquellos que predicen su caída, terminarán irremediablemente decepcionados.

 

* Economista