•   Managua, Nicaragua  |
  •  |
  •  |
  • elnuevodiario.com.ni

Nuestra moneda fue instituida en 1912, al fundarse el Banco Nacional de Nicaragua. Eran tiempos de intervención norteamericana y una marioneta gobernaba el país: Adolfo Díaz. Mientras nuestros vecinos llamaron Bolívar, Guaraní, Sol, Quetzal o Lempira a las suyas, aquí, con mentalidad de vasallos, fue adoptado el Córdoba, en repudiable homenaje a Francisco Hernández de Córdoba, capitán de conquista y corresponsable del genocidio de miles de nuestros antepasados indígenas. Y si esa aberración no fuera suficiente le fue acuñada la frase En Dios Confiamos, traducción literal del In God We Trust, de la norteamericana, con lo que, una vez más, alegremente doblamos la cerviz ante los imperios.

Y me he referido al desagradable origen del nombre del Córdoba porque la emisión conmemorativa de una moneda, en ocasión de su centenario, generó una interesante reacción de Monseñor Sándigo, Presidente de la Conferencia Episcopal de Nicaragua, quien públicamente exhortó a los católicos nicaragüenses a no reconocer la nueva moneda de cinco córdobas, porque ésta no lleva acuñada la frase mencionada. Según Monseñor, suprimir tal declaración de fe convierte en falsa la moneda, y convierte esa acción en sospechosa de coludirse con la endemoniada corriente europea que pretende “eliminar del ámbito social lo relacionado con el Señor”. ¡Así como lo lee, y en pleno siglo XXI!

Resulta extraño, por no decir malicioso, que alguien, con su formación, aparente desconocer que la Constitución Política de Nicaragua establece que el Estado no tiene religión oficial, y que el Consejo Directivo del Banco Central de Nicaragua está facultado para decidir las especificaciones de los billetes y monedas de curso legal, incluida la nueva emisión con poder liberatorio anunciada por el BCN en Nota de Prensa del 27 de agosto de 2012. Además de instigar a la feligresía a rechazar la nueva moneda –acción con la que incursiona en la accidentada topografía de la apología del delito- Monseñor insiste en que eliminar al Señor es una conspiración en marcha, y en consecuencia exhorta al rebaño nicaragüense a creer en Él, y como en tiempos de la Inquisición inocula miedo para intentar acrecentar la fe, “sobre todo en estos tiempos que se viven con tentativas de erupciones volcánicas, temblores continuos y tentativas de tsunamis”.

Nadie cree que una moneda de cinco pesos de un país del inframundo como Nicaragua, sin la leyenda en mención tenga capacidad para eliminar al Señor del ámbito social. Pienso que las causas para eliminar al Señor, y que han drenado a la feligresía católica hacia otras denominaciones religiosas son de magnitudes colosales, que se han venido gestando durante siglos y deben buscarse en el seno de la propia iglesia católica: la adicción por el poder, la gula del enriquecimiento, el abandono de los pobres, las pugnas de poder por el control del Vaticano, los crímenes de pedofilia cometidos por clérigos, obispos y arzobispos en diferentes partes del mundo, que han intentado silenciar con indemnizaciones millonarias. Como ve, Monseñor, el asunto es más complexo, pues trasciende a su argumento irrisorio e insostenible.

Creer en Dios, como un acto de fe practicado por miles de nicaragüenses, es algo espiritual, íntimo, de convicción personal, que nada tiene que ver con las pauperizadas monedas de cinco córdobas, que ahora, con sus argumentos, además, resultan ateas.

La afirmación “En Dios confiamos” es una declaración de fondo, que debe ser sustentada por clérigos y fieles con los mandamientos del Hombre de Nazareth, quien en su época dejó claro que había que dar al César y a Dios lo que le correspondía a cada quien. Ojalá que el gobierno, que declara hasta el empacho su cristianismo, no anule la moneda para congraciarse con algunos pastores retrógrados.

 

* Escritor