Jorge Eduardo Arellano
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Las personas como parte inherente de un cuerpo social, llamado sociedad, se ven en la ineludible circunstancia de sostener relaciones interpersonales con sus congéneres, iniciando en la familia, con los vecinos de la cuadra, en el barrio, en el centro de trabajo, en organizaciones religiosas o sindicales, para concluir en agrupaciones de carácter político.

En todo ese transitado camino, poco a poco se va conociendo la conducta, principios y los valores, de las personas relacionadas, conocimiento que llega por las palabras del interlocutor. Si el personaje es creyente católico o evangélico, a viva voz se declara creyente de Dios y seguidor de Jesucristo, por ello se declara amante de la justicia y de sus semejantes. Este tipo de personaje es visto con frecuencia asistir a su iglesia, para oír la palabra de Dios, del sacerdote católico o pastor evangélico, se golpea el pecho, se confiesa, pide perdón por sus pecados, toma la eucaristía, para luego retirarse a su casa de habitación.

De manera que no es raro ni extraño escuchar en estas personas palabras de oposición a toda forma de injusticia, a la maldad, maledicencia, envidia, egoísmo, avaricia; se declaran amante de lo espiritual, dice rechazar la riqueza material, se pronuncian por la humildad, por un mundo más justo, más humano y más solidario.

No obstante, el contraste viene en la praxis, pues, se observa en este tipo de personajes mucha incoherencia entre lo que predica y lo que practica. En el hogar, en la familia, nuestro personaje se cambia de ropaje y vestimenta. Ante sus hijos, esposa, madre, hermanos (a), es todo lo contrario a la imagen que vende en la sociedad. Su conducta ya no es la de padre generoso y compresivo, con regularidad en forma solapada, somete a la familia a maltrato físico y psicológico. Se conduce como un dictadorcillo, imponiendo su criterio y punto de vista sobre temas, ya que cree tener la verdad absoluta. Éste es el típico fariseo que por fuera se ve reluciente, pero por dentro está lleno de falsedad, de mentira y maldad.

Algunos de los personajes que vengo señalando son personas que tienen importantes funciones de responsabilidad en el Estado, en la sociedad. Muchos son dirigentes religiosos (sacerdotes y pastores), alcaldes, concejales, dirigentes sindicales, diputados, magistrados, ministros del gobierno, dirigentes nacionales de partidos políticos, presidente de la República, a quienes a diario oímos desgalillarse por los medios de comunicación social, que están trabajando en función de los más humildes de este país, por el desarrollo social y económico. Se declaran abanderados de los principios de la democracia participativa y representativa, pluralismo político, libertad de expresión; respetan el derecho del pueblo a elegir y ser electo; de que todos somos iguales ante la ley.

Sin embargo, ante toda esa prédica, es menester interrogarse: Nicaragua como nación, ¿se encuentra en el mismo nivel de desarrollo económico de resto de países centroamericanos? El nivel de vida que tienen los nicaragüenses en educación, salud, trabajo, alimentación, ¿se asemeja al que tienen los trabajadores en la vecina Costa Rica? La triste y cruda realidad es que nuestro país tiene los niveles de pobreza más alto de América Latina; el desempleo anda por arriba del cincuenta por ciento; muchos nicaragüenses sobreviven con dos dólares diarios; miles de trabajadores reciben un salario, que no les alcanza a cubrir ni siquiera el veinticinco por ciento de la canasta básica.

El sistema de salud es deficiente, en los hospitales no hay medicinas; miles de niños se quedan fuera del sistema educativo, porque se ven obligados a trabajar en las calles. Miles de nacionales a diario abandonan el país por no encontrar alternativa de empleo, yéndose a países vecinos como Costa Rica, El Salvador y Panamá.

En la época de la Revolución, cuando los sectores de derecha ejercían oposición al Gobierno Sandinista, decían que una vez en el poder, ellos resolverían los problemas económicos que en ese momento vivía el pueblo nicaragüense, como consecuencia de la guerra militar y el bloqueo económico impuesto por los Estados Unidos en la década de los ochenta.

La derecha asumió el Gobierno el 25 de febrero de 1990 y mantuvo el poder hasta el año 2006. En esos dieciséis años, producto de la privatización de las empresas estatales, el desempleo llegó a más del sesenta por ciento; se privatizó la banca, la salud, la educación, servicio de energía eléctrica, las comunicaciones; casi se privatiza el agua potable; se incrementó la delincuencia, por ende la inseguridad ciudadana; el país retrocedió en lo social y económico; la riqueza nacional se concentró en pocas manos; surgió una nueva clase pudiente y adinerada que se hizo rica de la noche a la mañana, todo bajo la complicidad de los gobernantes de turno; la ayuda internacional fue robada y mal administrada y la mayoría fue a parar a los bolsillos de los políticos corruptos de derecha. En otras palabras la derecha política de este país fue incoherente, con respecto lo que predicaba, con lo que hicieron en los 16 años que les tocó gobernar.

Por su parte el partido FSLN, en los dieciséis años en que estuvo en la oposición, fue un crítico acérrimo de todo lo que hacían los gobiernos de derecha. Los dirigentes del Frente, a la cabeza Daniel Ortega, reclamaban a la derecha transparencia en el manejo de los recurso públicos, demandaban que todos los ingresos de entes autónomos como Petronic salieran reflejados en el Presupuestos General de la República; que los fondos del INSS no fueran utilizados como caja chica por el Gobierno; denunciaban a diario los actos de corrupción; criticaban la sumisión del gobierno a los dictados de gobiernos extranjeros, como los Estados Unidos; eran defensores del pluralismo político, de la libertad de expresión de los medios de comunicación social; cuestionaban el castigo publicitario, que el gobierno aplicaba a los medios de comunicación. Finalmente, señalaban que ellos resolverían los problemas del país si llegaban al gobierno.

Hoy que está en el gobierno Daniel Ortega, en estos dieciséis meses que han transcurrido, ¿se ha visto en la práctica coherencia, con lo que predicaba cuando era oposición? O por el contrario, ¿el gobernante es un incoherente e inconsecuente con sus principios?
Hay que decir, que del año 2007 a 2008, los problemas económicos y sociales van en incremento. Aunque la situación se quiera justificar, con la crisis de los precios del petróleo mundial, la verdad es que el pueblo quiere solución y no justificación de la problemática, por manera que el desempleo es mayor, por lo que los nicaragüenses huyen del país.

No hay transparencia en el uso de los fondos públicos. El gobierno discrecionalmente maneja 500 millones de dólares de la ayuda de Venezuela; los fondos del INSS están siendo usados dizque para construir viviendas; funcionarios de gobierno tienen conflictos de intereses en la construcción de vivienda, sin que pase por licitación; el pluralismo político fue seriamente lesionado con la cancelación de la personería jurídica del MRS y PC; el gobernante de turno ataca en forma virulenta la libertad de expresión, sólo porque los medios de comunicación señalan los errores del gobierno; lo mismo pasa con la oposición política, la que sufre fuerte arremetidas por no plegarse a los dictados y disposiciones del actual gobernante.

Mientras los nicaragüenses, desde el más simple y común ciudadano, líderes sociales y políticos, de base, intermedio o nacional, no sean coherentes y consecuentes con lo que predican, nuestro país no saldrá del atolladero en que se encuentra.

La derecha política, en los dieciséis años que gobernó, no fue consecuente, no resolvió los problemas del país. Por el contrario los profundizó aún más, por esa práctica deficiente, como corriente política, perdió toda credibilidad ante el Pueblo. Con Daniel Ortega está ocurriendo igual, este gobierno ha caído en la misma incoherencia, pues lo que antes predicaba, como oposición, hoy que es gobierno, no lo está llevando a la práctica. El país se hunde en conflictos internos; la economía no crece; el desempleo aumenta; pulula la intolerancia política, la inversión extrajera es nula. La solución al problema es simple: seamos todos coherentes, entre lo que predicamos y lo que practicamos.

El autor es abogado y notario.