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Ya sabemos cómo se transforma la personalidad del nicaragüense cuando es nombrado para ejercer un alto cargo público. He descrito su nuevo estilo. Su permanencia en las alturas. Hemos dicho que los más insufribles son los mediocres, pues ellos consideran que el cargo los obliga a hacer el papel de superiores, papel que es muy difícil de representar. Más difícil que vender el alma al diablo y llegar al cielo.

Pero en forma general, sea el funcionario recién nombrado, mediocre o inteligente, su alma se transforma, y una de las causas de su transformación es el hecho que, desde el mismo momento en que se produce su nombramiento, empieza a tomarse él mismo demasiado en serio. Tal vez aquí podremos encontrar la razón principal por la cual el alto funcionario suele comportarse como si su nombramiento hubiera sido calculado para ser eterno.

Lo que nunca he escrito es sobre el regreso a la llanura de estos funcionarios, que es cuando la realidad toma su revancha contra ese tomarse a ellos mismos demasiado en serio. Por ejemplo, el 21 de octubre de 1996, fue un día en que muchos altos funcionarios del gobierno de doña Violeta supieron que sus días en sus cargos estaban contados. A partir de ese día, los altos jerarcas del gobierno, los que sabían que iban de viaje, emprendieron el regreso a la llanura, es decir, que empezaron a sufrir un proceso de recuperación obligada de su anterior personalidad.

Desde ese día comenzaron a contestar las llamadas telefónicas. Se volvieron accesibles. Empezaron a decir buenos días a sus subalternos inmediatos. Se les veía en los restaurantes, supermercados, etc., buscando con quien hablar. Saludando a todo el mundo, inclusive a los que no conocían. Era impresionante la saludadera que les agarró. Algunos de ellos que jamás me habían vuelto a ver, me saludaban efusivamente. A más de uno logré capearle fuertes abrazos. Y hasta sentí compasión por ellos, por esa pérdida eucarística de sus personalidades divinas.

¿Y ahora qué pasó con ellos? Lo que pasó con ellos es que no pasó absolutamente nada. En nada quedó la prepotencia, la soberbia, la arrogancia, el desprecio por los demás, la farsa, la sintaxis del orgullo, del orgullo apasionado de los mediocres de que nos habló Sartre, o del orgullo frío y altanero de los inteligentes, de los genios, de los que piensan en la certeza de que el pueblo es capaz de creer que alguien puede hacerse millonario en el servicio público y ser decente al mismo tiempo.

Un día de estos, por razones que no son del caso exponer, estuve recordando a uno de estos funcionarios del que ama locamente, con lujuria desenfrenada, el poder, el dinero y el placer. Le hablé la primera vez en uno de los pasillos que conducía a su oficina. Tenía él dos días de estar ejerciendo su importante cargo. Se sintió ofendido. Me dijo que desde ese día en adelante no le volviera a dirigir la palabra, en ningún lugar, y me recalcó que en ningún lugar, sin su permiso, permiso que yo debía conseguir por medio de su secretaria.

Confieso que no me molestó. Lo tomé con humor. Y confirmé mi tesis sobre las personas que se toman a ellas mismas demasiado en serio, que lo hacen tan en serio que no se percatan, que ese tipo de seriedad —que realmente les hace perder el sentido de la orientación, del equilibrio y del ridículo— solamente sirve, a fin de cuentas, o para conseguir enemigos o para alimentar la sátira, el humor, lo anecdótico, el chiste o la ocurrencia.

Ahora nuestro personaje camina con alma de capataz arrepentido, y habla todo suave, con un estilo menos serio, pero con la nostalgia litúrgica del poder. Con un estilo comedido de sacristán de pueblo. Lo encontré en un restaurante. No obstante, sus insistentes esfuerzos por tratar de verles los ojos, como queriendo saludar, a todas las personas que entraban, casi nadie lo volvió a ver. Seguramente echaría de menos el círculo de aduladores y serviles que cuando ejercía el cargo lo rodeaban. En las mesas, la gente hacía comentarios tristes sobre nuestro personaje.

Los altos funcionarios de gobierno, me refiero a los que padecen del mal de las alturas, deben aprender las lecciones del pasado. Reflexionar sobre el ejemplo que he expuesto. Deben comportarse como si los cargos no fueran eternos. Deben estar conscientes de que si hoy son algo tal vez mañana no lo sean. Deben someterse a una gran cura de racionalización, con fuertes dosis de humildad. Un servidor público que nunca se ha sentido en las alturas, nunca va a sufrir el penoso caso de sentirse y ahora de saco y de corbata, regresando a la llanura.

Yo pienso que si el pueblo llegara a percibir que en realidad los altos funcionarios del gobierno son sus servidores, que son personas que no viven en el Olimpo, que son personas honestas, y que aparentan que lo son —las apariencias son también importantes— se habrá dado en este país un paso muy significativo para tratar de encontrar la credibilidad en la política, que por cierto, desde hace bastante tiempo, anda desgraciadamente desprestigiada, lamentablemete perdida.