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La reiterada presencia de un dictador en la historia de nuestro país, ha hecho creer a cierto sector social que el fenómeno es fruto de la fatalidad, cuando no de una voluntad divina. Se busca cualquier explicación al margen de la dialéctica de los procesos históricos y de las leyes del desarrollo económico-social y de sus contradicciones. Incluso, hay quienes piensan que el nuestro es un país “salado”, “castigado” quién sabe si por algún pecado colectivo.

Los mitómanos hasta asignan causales religiosas al hecho de que ayer fuera un Somoza García y dos Somoza Debayle, quienes violaran las leyes y actuaran impunemente como si fueran los dueños de Nicaragua, de vidas y haciendas, y que hoy sea un Ortega Saavedra quien siga pensando y haciendo lo mismo, con otros métodos. Sin embargo, así parezca más difícil asimilarla, ahí está una historia al alcance para verles las raíces al fenómeno.

Se está conmemorando este mes como “de la patria”, pero el 15 de septiembre de 1821 solo se dio continuidad al poder colonial, transfiriéndolo a su propio personal administrativo. Las raíces políticas y económicas, sociales y culturales, ideológicas y hasta psicológicas de los colonialistas, se reprodujeron en sus herederos, estimulados por la sobrevivencia de las mismas condiciones coloniales.

De ahí para acá, el esquema social e ideológico del sistema se volvió patrimonio de “nuestra” clase dominante, a despecho de que quienes han seguido en el turno durante los últimos años, no hubiesen nacido en cunas oligárquicas, sino en cunas de hogares medio-pelo.

¿Cómo no ver en la posesión de la tierra y del poder político la continuidad del dominio de los herederos de la colonia, la marginación y explotación del campesinado a través de toda la historia seudo republicana? Imposible ignorar que el 15 de septiembre de 1821 ni siquiera hubo cambio de figuras en la cima del poder, si no la continuidad de las autoridades coloniales. El general Gabino Gaínza, ya había estado en Perú y Chile, defendiendo al coloniaje español, matando independentistas, lo hicieron “prócer” de la independencia.

Y si queremos encontrar una de las raíces del menosprecio que por el pueblo ha sentido la clase dominante desde entonces hasta los actuales días, ahí está el primer artículo del Acta de Independencia donde, pese a reconocer que ésta “es voluntad del pueblo de Guatemala”, confiesa que la mandan a publicar…”para prevenir las consecuencias, que serían terribles en el caso de que la proclamase el mismo pueblo.”

El artículo 10 del Acta de Independencia, expresa la voluntad de dejar anexa al nuevo Estado centroamericano al instrumento ideológico que sirvió a los propósitos colonizadores españoles: …“la religión católica, que hemos profesado en siglos anteriores y profesaremos en los siglos sucesivos, se conserve pura e inalterable, manteniendo vivo el espíritu de religiosidad que ha distinguido siempre a Guatemala…”

Hasta setenta y dos años después de las matanzas entre campesinos libero-conservadores, igualmente explotados, engañados e incitados a matarse entre sí por los oligarcas católicos; y después de treinta y cinco años de que la Constitución de 1858 le fuera fiel al artículo 10 del Acta, determinando que la religión católica era la oficial del Estado, la revolución liberal de 1893 terminó con esa anexión. Liberó al Estado de la presencia anexa del poder de la iglesia católica.

Y las ocho constituciones posteriores –incluida la actual—, atravesando la dictadura de tres Somoza y la de Ortega, el Estado se ha visto oficialmente libre de religión. Pero, a la vez, han sido igualmente burladas, otorgando a jerarcas católicos funciones en el Estado, y puesto en el Estado a practicar la religión. Ortega, ha sido el más fiel a los oligarcas de 1821, manipulando el nombre de Dios para ser gobernante vitalicio, pues ya está buscando el cuarto período. En el año 2016, Ortega empatará con Somoza García en la presidencia, a veinte años cada uno y, si cumpliera su ambición, establecería el récord histórico de veinticinco años gobernando de forma dictatorial.

¿No parece eso una maldición? Sí, lo parece. Pero en Ortega es la fiebre dictatorial que le nace de su poder económico, el cual lo ha levantado sobre su poder político.

 

* Escritor y periodista