León Núñez
  •   Managua, Nicaragua  |
  •  |
  •  |
  • elnuevodiario.com.ni

En 1998, en el Centro de Convenciones Olof Palme, se celebró un acto en el cual le fueron entregados al presidente de la República, don Arnoldo Alemán, seis informes sobre el resultado del trabajo realizado por los seis consejos consultivos que conformaban la Comisión Presidencial para la reconstrucción y transformación de Nicaragua. Cada consejo tenía naturalmente su coordinador y lógicamente cada coordinador se echó su consabido discurso.

Yo estaba sentado enfrente de la mesa que presidía el acto, en una fila situada ni muy atrás ni muy adelante. A mi lado izquierdo se encontraba el licenciado Leonardo Gutiérrez, auditor del Banco Central, y al lado del licenciado Gutiérrez estaba sentado el doctor Benavides. En la fila siguiente, frente a nosotros, estaban sentados el licenciado Róger Etienne y el doctor Javier Gutiérrez, también funcionarios del citado banco.

Todavía el primer orador no había hablado ni siquiera dos minutos cuando el doctor Benavides empezó a roncar. Sus ronquidos me impedían escuchar a los oradores con la debida atención. Roger Etienne intentó despertarlo, pero yo le dije que no lo hiciera porque yo quería observar el sueño —interpretar los ronquidos— del doctor Benavides.

Los ronquidos del doctor Benavides no fueron uniformes durante el sueño. Tampoco roncó durante todo el acto. Los ronquidos se producían únicamente durante el tiempo que hablaban los oradores, es decir, que en el intervalo de tiempo entre orador y orador el doctor Benavides no roncaba. Sólo dormía. A la salida un diplomático me dijo que el sueño y los ronquidos del doctor Benavides podrían ser una manifestación inconsciente de protesta contra el aburrimiento causado por los oradores.

Yo creo más bien que la falta absoluta de interés en un discurso disminuye la oxigenación del cerebro y esta disminución causa sueño. Es algo parecido, aunque no exactamente igual, al síndrome de Pickwick, bautizado así por la ciencia médica en honor al genial escritor inglés Calos Dickens, quien descubrió que la gordura impide el paso de suficiente oxígeno al cerebro, insuficiencia que causa sueño.

Cuando el distinguido doctor Benavides empezaba a roncar el tono era de una carraspera profunda con acompañamiento de bajos y contrabajos. Luego se quejaba suavemente. Eran especies de ayes, algo así como ay, aaay, aaaaaaaaaaay, aaaaaay... Eran ayes cortos, ayes más o menos cortos, ayes largos, ayes más o menos largos... A veces se llevaba la mano derecha a la cabeza, la bajaba y arrugaba la cara como si el discurso lo torturara. Después venía el cabeceo. Cuando el doctor Benavides empezaba a cabecear los ayes daban paso a muy suaves como extraños chiflidos y siseos que bien podrían confundirse con pequeños ruidos estomacales.

En el preciso momento en que el orador terminaba su discurso el doctor Benavides dejaba de roncar. Se acomodaba más relajado en el asiento, entrelazaba sus manos y se las colocaba en la barriga, exhalando profundos suspiros de satisfacción acompañados de alguno que otro resoplido. Pero desde el momento en que otro orador empezaba su discurso, el doctor Benavides, en forma automática, con un rictus de dolor, volvía inmediatamente con sus ronquidos, con toda su gama de quejidos, lamentos, ayes, siseos y chiflidos.

Cuando se anunció que el doctor Alemán iba a cerrar el acto yo observé que los pesados párpados del doctor Benavides empezaron a permitir, a través de una rendija casi imperceptible, el paso de una mirada. Luego se acomodó erguido en su asiento y después de mirar en torno suyo se puso a escuchar con visible interés, es decir, con los ojos bien abiertos, el discurso del Presidente de la República.

Cabe destacar que no sólo el doctor Benavides durmió y roncó durante el referido acto. Yo vi a varios señores cabeceándose. Y también vi a una buena cantidad de personas sumidas en gratas somnolencias. Pero todos los dormilones se despabilaron cuando el Presidente de la República empezó su discurso.

A la salida escuché varios comentarios: que el doctor Benavides no había tenido culpa alguna; que seguramente había tenido una sensible baja de oxígeno en su cerebro; que los discursos de los coordinadores habían irradiado una fuerza somnífera irresistible para la mayor parte de los espectadores; que fue un verdadero milagro el hecho de que no se haya dormido todo el mundo y que el doctor Alemán, para evitar en el futuro casos como el que acabo de contar, debía enseñarle a los seis coordinadores la fórmula, la técnica, de cómo mantener viva la atención de un auditorio.

 

Nota: el doctor Benavides es actual Magistrado del Consejo Supremo Electoral.