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Un jurista pretensioso y honorable que procura la grandilocuencia mediática en la búsqueda de que se fijen esotéricamente en su fidelidad, provocó que fuera testigo –en un programa de entrevistas de un joven llamado (primero y segundo nombre) igual que un genocida y un dictador de la rusa soviética- de una zanganada injustificable, desde el punto de vista profesional.

En una absurda argumentación, quizás buscando hacer méritos para “escalar”, el también  licenciado mostró que la dignidad y la formación profesional no eran suficientes para alcanzar –en la carrera judicial - el más alto galardón en la  Corte Suprema de Justicia. Quizás esté arrepentido. Yo creo que sí. De no ser así, evidenciaría que su sapiencia es muy limitada, igual que su dignidad. 

En el pretendido “debate” televisivo, el licenciado se atrevió –entre otras cantinfladas- a endilgar al Presidente de la República el título de “Jefe Supremo del Gobierno”, incluso afirmando que dicho concepto lo recogía la mismísima Constitución. No bastaba decirle lo que es, Jefe de Estado y de Gobierno, sino que para tratar de caer en gracia, se fue más allá en su verborrea al calificarlo como Jefe Supremo del Gobierno, recordándome al diputado Panchito Argeñal Papi, quien bautizó al General Anastasio Somoza Debayle como el “Huracán de la Paz”.

Todo para justificar  -con el adagio de que “quien podía lo más, podía lo menos”- las arbitrariedades a que su Jefe Supremo nos acostumbra cada día más ante la pasividad y tolerancia torpe de las grandes mayorías, irrespetando así la forma, que es elemental en la aplicación del Derecho, lo que sabe cualquier imberbe que haya cursado el Prolegómeno del Derecho en I año de universidad, tanto en Rivas como en Boaco; en Bruselas como en Barcelona; con García Máynez o Hans Kelsen.

Me atrevo a pensar que el de verdad Doctor (PhD) en Derecho Constitucional que le escuchaba absorto,  mi profesor  Gabriel Álvarez Argüello, habrá sentido vergüenza ajena al escuchar los “argumentos” de su contraparte en el “debate” jurídico organizado por el presentador admirador de Stalin y Lenin que los acogió en su espacio televisivo y  que hizo que no me perdiera ni los anuncios de tan disparejo encuentro.

El profesor Armando Rizo Oyanguren en su Manual Elemental de Derecho Administrativo define claramente lo que es un acto de tal naturaleza: “El procedimiento administrativo es el cauce legal que los órganos de la administración se ven obligados a seguir en la realización de sus funciones y dentro de su competencia respectiva para producir actos administrativos...”

Un ejemplo bastará para desarmar la sapiencia jurídica del licenciado, autor de tal irracionalidad jurídica. 

Un ejemplo: Viene Chepe Aguirre manejando su carro; se “vuela” la luz roja en un semáforos y lo detiene un agente policial que le indica la violación y la correspondiente multa; en eso pasa el Jefe Supremo, quien lo distingue, se baja de su vehículo a preguntar lo que ha ocurrido y le ordena al policía que no imponga la sanción. Según el argumento del licenciado, como el Jefe Supremo es –administrativamente-  el Jefe Supremo de la Policía y de toda la cadena de mandos hasta llegar al abnegado oficial de tránsito que trata de cumplir con su deber, éste debería obedecerle y perdonar la multa, pues peut le plus, pouvant le moins (quien puede lo más, puede lo menos), ya que la orden emana de quien puede lo más…

Quien puede lo más NO siempre puede lo menos, a menos que sea en su finca o en su hogar, pero no en el ejercicio de la función pública. ¿O me equivoco?

 

* Abogado