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Los nicas en el golpe
En verdad ese día Santiago había amanecido gris y desde la madrugada el golpe estaba en pleno desarrollo. También, antes de amanecer ya Allende estaba en La Moneda con su GAP (Grupos de Amigos del Presidente) dispuestos a defender con su vida la palabra empeñada ante su pueblo, de defender la Constitución y las leyes de Chile, como él decía.

La dictadura, a la par que bombardeaba La Moneda, como parte del golpe, había desatado una campaña xenofóbica feroz y cualquier persona de color y acento extranjero era denunciada como terrorista y literalmente cazados como animales, unos eran ejecutados en el acto, por ejemplo los que se encontraron en los Cordones Industriales o poblaciones marginales. Los chontaleños que vivían en las Torres de San Borja, en el centro de Santiago, se salvaron de ser fusilados, entre ellos José Figueroa, Pancho Quiroz, Noel Portocarrero, Augusto Tablada, gracias a una llamada de última hora de un militar que era el embajador de Honduras en Chile (no hay espacio para explicar cómo se dieron los intercambios de llamada en información que detuvo a último minuto al pelotón de fusilamiento).

Quien escribe estas líneas, después de andar tratando de resistir desde las universidades, fue capturado en Vía Frei, como en todos los demás casos, con un despliegue descomunal militar y una severa golpiza. Después éramos llevados al Estadio de Chile. En la Universidad Técnica del Estado (UTE) fue donde resistió Víctor Jara, capturado, llevado al Estadio de Chile, torturado, (asesinado y tirado a la villa férrea), y cuando éste se llenó, al Estadio Nacional.

La experiencia del estadio
En el Estadio Nacional nos iban encerrando en las escotillas (donde se cambian los atletas) hasta que éstas se sobresaturaron y una parte se quedaba a dormir en los pasillos fríos del gran coloso deportivo. Para poder organizarnos y sobrellevar aquella situación de extrema tensión e incertidumbre, teníamos que hacer 3 turnos, a quienes les tocaba dormir debíamos hacerlo pie con cabeza; mientras otro turno esperaba parado también casi sin poderse mover.

El clima de tensión lo daba el hecho de que los militares que nos custodiaban siempre nos apuntaban bala en boca, pues se les decía que éramos terroristas de alta peligrosidad, capaces de desarmarlos y disparar contra ellos. Se dieron varios incidentes en los cuales murieron personas, simplemente por algún gesto sospechoso, movimiento en falso, etc.

Una de las noches que no alcancé en la escotilla, al regreso de unas horas de Sol, me tocó dormir en las lozas de los pasillos y allí fui testigo de fusilamientos y golpizas brutales, por ejemplo, contra los obreros de Puente Alto de todas las edades. El nivel de crueldad y de violencia irracional con que atacaba la soldadesca, sólo me lo expliqué cuando supe que precisamente con esas intenciones Pinochet había rotado guarniciones enteras en todo el país, para que así no tuvieran la menor clemencia contra pobladores, que en otro caso podrían ser conocidos, vecinos, amigos, y tal vez hasta familiares. En esas lozas frías contraje una neumonía que sólo dos meses después, exiliado en Perú, pudieron curarme.

La solidaridad humana
En nuestra escotilla, muchos presos llegaban heridos o torturados. A los que llegaban en peores condiciones les dábamos un poco más de espacio. Pero aquí está la grandeza de la solidaridad: un médico brasileño que él mismo había sido torturado (un brazo y varias costillas quebradas, golpes etc.) se arrastraba o lo ayudábamos para que con el brazo bueno atendiera o examinara a los heridos: “Tú tienes 3 costillas fracturadas, tú la clavícula dislocada, tú dos fracturas en la pierna, cuídate de esa asma etc, etc. A Rogelio Ramírez (hermano de Sergio) le habían quebrado dos costillas y torturado junto a Ricardo Zambrana y Enoc Ortez, en los sótanos del Ministerio de Defensa.

Venciendo el miedo
Nos sacaron al Sol después de varios días sin comer, y en la sombra, ya en las graderías, pudimos constatar la dimensión de aquel gran campo de concentración en que Pinochet convirtió a Chile. Los militares se ponían mucho más nerviosos, agresivos y tensos ante decenas de miles en aquel cautiverio. Una vez, de algún punto del Estadio comenzamos a escuchar, primero débil, después un poco más fuerte, canciones de cualquier país latinoamericano o del folclor chileno, pero no testimoniales. Esto se fue repitiendo desde distintos lugares del Estadio en los días posteriores, hasta que una vez, en algún punto un grupo empezó a cantar “Libre”, la canción de Nino Bravo, y entonces sucedió lo inevitable: poco a poco, de diez en diez, de cien en cien, de miles en miles, todo el Estadio se incorporó cantando la misma canción. En medio de aquello, la soldadesca presa de terror, odio e impotencia, sólo atinó a lanzarse desde las graderías en las partes más altas del Estadio y ubicarse en medio de aquel gentío apuntando sus fusiles, sin poder contener aquel escape torrencial desatado por miles de gargantas que cantaban, lloraban, aplaudían y reían como si hubiéramos alcanzado una gran victoria.

Ahí no más nos obligaron a regresar a las escotillas. Pero en los pasillos tarareábamos la canción y nos mirábamos los unos a los otros, cómplices más hermanados y con un sabor de libertad, aún cautivos.

Ésta no fue la única canción que aunque la dictadura quiso co-optarla para sí, el pueblo cantaba y que aún sin letra explícitamente de protesta. Se identificaba con ella. Es el caso también de la canción “Candombe para el Negro José”… Ya vendrán tiempos mejores negro José…
Ernesto Cardenal y Allende
El Padre Cardenal --llenador de estadios con sus poemas, querido y traducido en todo el mundo-- había llegado de visita a Chile invitado por Allende, o no recuerdo si por el Movimiento de Sacerdotes por el Socialismo, o ambos; la cuestión es que había un grupo de nicaragüenses, entre ellos, Rogelio Ramírez, Manuel Morales “Pelota”, Roberto Calderón, Alfonso García y Rosalina Estrada (ex pareja de dirigentes del Ceuca), a quienes el Padre casó esa vez teniendo como fondo un afiche del “Che” Guevara.

La cuestión era cómo iría vestido el Padre Cardenal a La Moneda, donde iba a ser recibido por el Presidente Salvador Allende, uno de los hombres mejor vestidos de Chile. Fue imposible convencer al Padre para que se vistiera con traje formal, y lo único que los muchachos lograron fue que se pusiera un saco que había sido esmoquin, encima de su cotona, pero con sus blue jeans, sandalias y boina negra.

Dicen que Allende quedó viendo al poeta, con su cotona de algodón, su barba de nieve y su pelo gris reluciente, con una mezcla de sorpresa, dulzura y cariño de aquel médico bonachón. Y es que a Allende, siendo un hombre cultísimo, le encantaba la poesía. Por ello, cada vez que podía se deslizaba a Isla Negra a conversar los mejores congrios irrigados por algún Casillero del Diablo con Pablo Neruda.

Allende conocía la historia de Nicaragua y admiraba a nuestro pueblo y a Sandino. Eso nos dijo una vez en el edificio Ucntat III, donde fuimos y nos identificamos como nicaragüenses y estrechamos su mano suave y limpia de médico. Igualmente, valorizó la contribución de los cristianos al proceso revolucionario latinoamericano cuando saludó a mi hermano Miguel, en el Palacio de La Moneda.

* Instituto “Martin Luther King”. Upoli.