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Hace unos días el CNU presentó su rendición de cuentas a la sociedad. Realizó una revisión de lo hecho en el pasado reciente en la educación superior nicaragüense. Con la presencia de representantes de sectores de gobierno, empresa privada y sociedad civil, se expresó con transparencia lo mucho que hemos hecho, pero que nos falta otro tanto por hacer. Otros países en el mismo tiempo han hecho más y mejor.

La educación superior es la palanca fundamental del desarrollo de cualquier sociedad, idea convertida en axioma. En nuestro caso el balance arroja muchísimas realizaciones. Colosales esfuerzos realizados por todas las instituciones de educación superior. Se señalaron aspectos notables: Aumento de la cobertura, multiplicación de instituciones, aumento de recursos, de fondos extraordinarios, mejoramiento de las condiciones académicas, incremento de los profesores y de los estudiantes.

Una vasta tarea que nos deja satisfechos en parte y molestos en otra. Por los innumerables aspirantes que no logran entrar al sistema y por la baja calidad de los egresados. Por el alto porcentaje que no se ubica adecuadamente en el sector laboral. Por lo reducido de las investigaciones. Siempre queremos más y exigimos más.

El problema es que mejorar es poco productivo. En la educación superior lo sabemos bien. Pero no vemos cómo las cosas pueden mejorar y mejorar es imperiosamente necesario, porque seguimos haciendo las cosas de siempre, aunque un poco mejor. Esfuerzos genuinos pero vanos. Patinazos.

No es solo el caso de Nicaragua. La universidad latinoamericana en general vive presionada por fuerzas que provienen de cambios monumentales, no obstante queremos seguir sosteniendo el modelo napoleónico de universidad. Como lo pensó Augusto Comte. Dios lo tenga en su gloria. Organizamos la universidad por carreras que se ocupan de un trozo del mundo y produce licenciaturas: ingenieros, arquitectos abogados, médicos, físicos, químicos, biólogos, matemáticos, economistas y sociólogos. Idealizamos ese estado de cosas hasta creer que es el orden de la naturaleza. Le sumamos maestrías y doctorados.

Ocurre diferente en la porción europea del mundo. Más de mil universidades se inscribieron en el proceso de cambio y muchas aún continúan afinando, recomponiendo, adaptando, lo que no quedó bien hecho. América Latina sigue aferrada a los cánones que nos heredó Europa que ellos ya desecharon. La esperanza es que un buen día el sub continente será alcanzado por esos cambios formidables. Pero falta vencer nuestro terror al cambio.

La universidad está cercada por cuatro fuerzas tremendas: 1) la globalización que camina turulata; 2) una cantidad inmensa de innovaciones técnicas que llegan hasta las altas tecnologías penetrando en todos los rincones del conocimiento; 3) una aceleración del conocimiento difundido por la Unesco. Primero el conocimiento se duplicó en 1750, después en 1900 y luego en 1950. Ahora lo hace cada cinco años y en 2020 será cada 76 días; 4) el desplazamiento de la población rural a las ciudades y el cambio de las ocupaciones humanas que trajo consigo el incremento del sector servicios. En los países desarrollados absorbe el 70 por ciento de la fuerza de trabajo. ¿Cómo se organiza la universidad frente a esa dinámica del mundo?

Dolorosamente en la primera década de este siglo, 40 por ciento de los egresados de la Educación Superior no encuentran una ocupación que corresponda con su formación universitaria. Pobres pero desperdiciadores.

El diagnóstico básico indica que frente a las nuevas realidades del mundo, hemos conservado: a) el mismo patrón organizacional, b) la misma organización del conocimiento, c) la misma gestión del conocimiento y d) el mismo modelo pedagógico. A grandes males, grandes remedios. Es hora de revolucionar y ser vanguardia.

 

* Docente universitario