Jorge Eduardo Arellano
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Los caminantes tenían la certeza de que en las pláticas anteriores había quedado muy clara la diferencia entre el Monseñor de los pobres y el Cardenal de los reyes. El país olía a azufre por la manipulación monárquica de las víctimas del nemagón, puestas a rezar contra un odio que en realidad habita en la Secretaría y en la residencia de los monarcas. Barrabás deambulaba por toda Nicaragua, aún desconcertado por haber quedado por encima de Cristo en las encuestas sobre preferencias nacionales. Caifás y Herodes, multiplicados y enquistados en los dos partidos del pacto, celebraban la indecisión de Pilato. Por todo ello, hablar de José Arias Caldera, el Monseñor de los pobres, era como entrar en un remanso de pureza. Una y otra vez los caminantes externaban su júbilo porque nadie pudo jubilarlo de su amor al prójimo, como tampoco, ni asesinándolo, a Monseñor Oscar Arnulfo Romero, a quien ese auténtico obispo y poeta que es Monseñor Pedro Casaldáliga, bautizó como San Romero de América.

Decían que ambos se hicieron luz y estaban en la misma galaxia, iluminándonos y sorprendiéndonos como un arco iris de profetas que se realizaron a plenitud en el ejemplo de Cristo. Ambos son el día de hoy igual de necesarios, pues da la impresión que la historia está pasando por uno de esos siniestros ciclos en los que vamos regresando a las catacumbas.

Para terminar aquella sustanciosa plática, dijo el de Managua: “Ay de aquel que vive contento consigo mismo creyendo que ha cumplido con Dios sin amar a su prójimo. Lo dice Monseñor Romero y agrega que en la Parábola del Buen Samaritano encontramos la condenación de todo aquel que piensa que se puede amar a Dios olvidándose de su prójimo, y aún peor es la condena de quienes usan el nombre Dios en vano para en su nombre perseguir y martirizar a sus prójimos. Igual será, digo yo, para quienes se resisten a ver la corrupción que los circunda, pues se hacen cómplices de ella. Así lo entendieron y predicaron estos dos santos, como los santos de Leonel Rugama: San Romero de América y Monseñor de los pobres, el de un rostro que siempre transmitía serenidad y paz, y quien antes fuera refugio de los perseguidos por el somocismo y por el neosomocismo ahora. En ellos se refleja la justicia del único Dios, y lo digo porque hay quien quiere suplantarlo y ser el otro Dios, del que les hablaré la próxima semana”.

A pesar de las protestas de Caresol para que el tema sobre el otro Dios fuera abordado de inmediato, el de Managua no cedió. Iban pasando por donde doña Dorita, cuando los redobles de tambores y sonar de clarines de un colegio que ensayaba para desfilar en las Fiestas Patrias de este mes de septiembre, los sacó de su ensimismamiento y motivó al de Masatepe a decir: “El poeta Francisco Pérez Estrada probablemente sea el mejor biógrafo que ha tenido ese gran patriota que fue el General José Dolores Estrada. En su libro “JOSÉ DOLORES ESTRADA, Héroe Nacional de Nicaragua”, encontramos desde su nacimiento, su historia como militar desde abajo, hasta su muerte, prácticamente abandonado. Toda su vida fue la de un héroe, aunque ciertamente la Batalla de San Jacinto, antología de patriotas que derrotaron a los filibusteros de William Walker, fue la que los llevó a la inmortalidad. Sobre esa batalla es citado José D. Gámez: «La batalla de San Jacinto, que en rigor no pudiera llevar otro nombre que el de acción o combate, por haberse verificado con una sola clase de armas y entre dos pequeñas escoltas, fue sin embargo, de una influencia decisiva, porque estimuló y alentó a los aliados y dio el convencimiento de que los filibusteros no eran invencibles». De los contemporáneos del General José Dolores Estrada citados, me es particularmente grata la opinión del General Isidro Urtecho, de la que tomo algunas de sus partes: «Nicaragua se ha olvidado de consagrar entre sus fiestas nacionales el 14 de septiembre. ¿Qué importa, sin embargo, que falte una ley que los haya puesto en la categoría de tal si el sentimiento público, si el entusiasmo nacional, suplen ese olvido? Nada importa: la conciencia de los pueblos que es la conciencia de Dios, justa e incontrastable, ha consagrado el 14 de septiembre como uno de los mejores y más hermosos días de la patria. Vosotros no lo habéis olvidado: el país gemía bajo la más odiosa esclavitud; una larga y sangrienta guerra civil, seguida de una extraña dominación, tan tiránica como salvaje, le habían reducido a la más triste y lamentable situación: pobre, débil, casi impotente, sólo Dios, por la virtud de un milagro parecía esperar la reivindicación de su libertad. Pues bien, unos pocos de vosotros, faltos de todo, pero ricos de corazón, de entusiasmo, acaudillados por un viejo soldado de la República, alcanzabais uno de los más gloriosos triunfos de la causa de la independencia nacional... Loor eterno al ínclito General Estrada, al héroe del 14 de septiembre»”.

luisrochaurtecho@yahoo.com
Jueves, 11 de septiembre de 2008.