León Núñez
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Yo pienso que el presidente Alemán tiene sobrada razón, si habla en serio. Es necesario racionalizar, pero racionalizar de verdad, y no de mentira, los viajes al extranjero de los funcionarios públicos. No creo que todos los viajes que se hacen sean como los dos paseos oficiales que hice yo, pero tengo información de que muchos de esos viajes tienen un gran parecido con los dos viajes míos.

Siendo yo funcionario del Banco Central durante el gobierno de doña Violeta, en una fecha que no recuerdo, no obstante haber informado del suplicio que significa para mí viajar en avión, fui enviado a Caracas en una misión que nunca existió. Yo presidía la delegación. Me acompañaban como asesores el ingeniero Pedro Cuadra Argüello y el arquitecto Roberto Sansón. Antes de partir se me dijo que yo iba a negociar los últimos detalles de un contrato de préstamo entre el Banco Central, actuando como agente financiero del Gobierno de Nicaragua, y el Fondo de Inversiones de Venezuela (FIV).

Con el préstamo, que si mal no recuerdo era de ocho millones de dólares, se iba a financiar la construcción de viviendas para personas de escasos recursos. Este préstamo, que se origina en la factura petrolera, de conformidad con lo establecido en el Pacto de San José, estaba sujeto a la condición de que el sesenta por ciento fuera utilizado para adquirir bienes y servicios venezolanos. En este caso, el Gobierno de Nicaragua estaba obligado a comprar materiales en Venezuela por la suma de cuatro millones ochocientos mil dólares.

Un día antes de salir para Caracas pedí en el Banco Central las correspondientes instrucciones a fin de conocer la posición del Banco en lo que se llamaba la negociación de los últimos detalles. Me contestaron que cuando llegara a Caracas me iban a llamar para darme dichas instrucciones.

Nunca las recibí. Y de haberlas recibido de nada me hubieran servido, porque en las oficinas del FIV no había con quién negociar los últimos detalles, pues todos andaban de viaje en Europa, África y Asia. El funcionario de más alto rango con el que pude hablar, fue con un señor que tenía cara de hacer mandados, que sólo hablaba de sexo, y que maltrataba el español a razón de diez coños por minuto.

Estuvimos diez días en Caracas esperando las instrucciones del Banco Central y el regreso del presidente del FIV. Fuimos atendidos todos los días en los mejores restaurantes de la ciudad por el Embajador de Nicaragua Manuel José Torres y por representantes de las compañías venezolanas interesadas en vender bienes y servicios por casi cinco millones de dólares. Hasta nos invitaron a viajar a Margarita, pero no acepté. No tenía ánimo. El día anterior me habían bolseado en las escaleras eléctricas del Metro de Caracas.

Varios años después no pude evitar otro viaje oficial. Esta vez a San Salvador. Asistieron delegaciones de los cinco países centroamericanos y de Panamá. Treinta personas en total. El primer día, palabras integracionistas de bienvenida del Presidente del Banco Central del país anfitrión; contestaciones... cena, guaro... Lo primero que me llamó la atención fue que todos se conocían entre sí. Todos se saludaban como viejos amigos. Después me enteré que la frecuencia de las reuniones los había hecho amigos.

Al día siguiente, los delegados, con una ligera goma, empezaron a llegar a las once de la mañana. Como era una hora muy cercana del almuerzo se decidió que la primera sesión empezaría a las cuatro de la tarde. La sesión se suspendió porque a las siete de la noche había que asistir a una recepción que alguien ofrecía a los delegados. Al tercer día se llevó a cabo la primera reunión de trabajo. Se comenzaron a discutir en la mañana los puntos de la agenda y en la tarde se terminaron de discutir. Durante todo el cuarto día, que recuerdo que era un jueves, se expusieron las posiciones de las diferentes delegaciones sobre los significados de integración, armonización y unificación.

Al quinto día, viernes, un miembro del Consejo Monetario Centroamericano propuso que los temas se abordaran desde el punto de vista técnico, pero sin perder el horizonte de la globalización. La reunión terminó felizmente con la conclusión de que técnicamente no es lo mismo integrar que unificar; que la armonización y la integración son conceptos distintos; que nada tiene que ver armonizar con unificar, y que la unificación está más cerca de la integración que la propia armonización.

El sábado hubo una fiesta de despedida. Todos contentos de regresar a casa con la satisfacción del deber cumplido. La próxima reunión iba a ser en Montelimar, veintiocho días después. Treinta días más tarde sería en Guatemala... Me da vergüenza contar a mis lectores estos dos viajes. Son viajes que hice sin querer, y sin culpa. Pero los cuento porque son muy ilustrativos para percatarnos de la legítima preocupación que existe, de que los funcionarios deben viajar al extranjero solamente cuando sea indispensable; cuando sea provechoso para Nicaragua. La enorme pobreza de este país así lo exige.