•   Managua, Nicaragua  |
  •  |
  •  |
  • elnuevodiario.com.ni

El relevo de máximos líderes en Pekín que debe ocurrir este mes durante el XVIII Congreso del Partido Comunista Chino, PCC, es uno de los dos acontecimientos políticos mundiales más importantes del año, junto a la elección del próximo presidente de Estados Unidos en noviembre.

Rodeados de misterio e incertidumbre –la República Popular China no es una democracia de estilo occidental-, en la capital china se han multiplicado los signos del futuro cónclave, como rótulos y anuncios alusivos con felicitaciones, o bien comentarios en la prensa, aunque nadie sabe a ciencia cierta cuándo empezará exactamente. Nadie, excepto la cúpula partidaria y los organizadores directos.

Los más connotados expertos y corresponsales extranjeros se rascan la cabeza tratando de descifrar signos y actos, o de seguir los registros de reservaciones en los hoteles. Interpretar la política china y sus designios, dada la férrea censura y la falta de información pública, ha sido siempre un formidable desafío.

“¿Ayuda la lógica? (Does logic help?)”, se preguntaba un desclasificado análisis de la CIA de los años 70. Roderick Macfarquhar, prolífico autor y estudioso de China, decía por esos años que para saber de los movimientos de poder internos debían estudiarse las fotografías del gran líder Mao Zedong y la posición que en ellas los otros dirigentes ocupaban con respecto a él.

Las reformas económicas desde 1978 han traído no solo bienestar, sino una cierta apertura y diversidad en la prensa china, aunque no la desaparición de la censura que se ejerce con mucha efectividad, incluso en Internet. Sin embargo, los mecanismos, procesos y luchas de poder intestinos siguen siendo una gran incógnita fuera de las estructuras superiores del PCC.

Existe una percepción generalizada de que las pugnas de poder recrudecieron al acercarse la fecha del congreso. El hecho más ruidoso fue la caída en desgracia del exjefe del partido en Chongqing, Bo Xilai –un “príncipe”, hijo de un revolucionario que combatió con Mao-. Su esposa fue condenada por el asesinato de un empresario británico, su exjefe policial también acaba de ser condenado por varios crímenes, entre ellos complicidad en el encubrimiento del asesinato. Bo ha sido despojado de sus cargos partidarios y administrativos y ha desaparecido de la vista pública.

Según estiman los observadores, ahora será el turno de Bo Xilai de ser juzgado. Su caso servirá como mensaje a la opinión pública de que los abusos de los más encumbrados dirigentes –su poder y su enriquecimiento a la sombra de éste es un profundo motivo de insatisfacción de cientos de millones de ciudadanos–, serán también penalizados. Al menos, esa es la imagen que se busca dar.

La resolución final del caso Bo Xilai también debe indicar un arreglo de las distintas facciones partidarias sobre él. Bo aspiraba a entrar al comité permanente del buró político, pero su maoísmo duro y abusos, le granjearon enemistades.

Como ha sido planificado con años de antelación y consenso interno, se espera que el hoy vicepresidente Xi Jingpin asuma como futuro secretario general del PCC y luego como presidente, sucediendo a Hu Jintao. El último peldaño del poder que escalará será el de presidente de la Comisión de Asuntos Militares del PCC, o sea, el control efectivo de las fuerzas armadas. Por otro lado, Li Keqiang es el dirigente que deberá sustituir como primer ministro a Wen Jiabao, y, por ende, tomará las riendas directas de la administración y la economía de la gigantesca nación de 1,300 millones de personas.

En semanas recientes, Xi desapareció sin explicación alguna. Se rumoró de una dolencia en la espalda. Canceló citas con dignatarios extranjeros, incluso con la secretaria de Estado de EU, Hillary Clinton. El hecho alimentó las especulaciones y reforzó la noción de la persistencia de luchas irresueltas entre facciones. Xi ha reaparecido en público.

La asunción de Xi y Li marcará la toma del poder por la “quinta generación de líderes”, sucediendo a la cuarta de Hu y Wen, la cual había sido designada a asumir por el patriarca Deng Xiaoping, padre de las reformas que han modernizado China y que le han hecho la potencia más influyente después de Estados Unidos.

Como motor del crecimiento global, segunda economía planetaria, por sus intereses y posición en Asia, como futura superpotencia, y dada la crisis económica, los ojos del mundo verán ansiosos lo que suceda este octubre rojo en Pekín.

 

* Analista de asuntos Asia-Pacífico