León Núñez
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No hay duda que históricamente nuestra Administración Pública nunca ha realizado sus actividades inspirada en uno de los principios que deben definir todo quehacer administrativo: el principio de celeridad. Hemos sido y seguimos siendo víctimas del tortuguismo burocrático.

Recuerdo que en una ocasión reclamé por escrito a una entidad estatal el pago de una cuenta, por cierto muy pequeña. Antes la había cobrado, en varias oportunidades, por teléfono y nada. Después cobré personalmente, en forma verbal, y tampoco; fue entonces cuando decidí hacerlo por escrito. Inyectándome una gran dosis de deportividad dispuse ir anotando en un cuaderno, en el camino del cobro, todo lo que fuera sucediendo.

El primer día, cuando presenté mi escrito, la secretaria correspondiente me manifestó que regresara dentro de ocho días. Y así lo hice. Entonces se me informó que mi reclamo estaba en estudio. Volví quince días más tarde y mi petición continuaba en estudio. Todavía está en estudio, doctor, me dijo la secretaria, al mismo tiempo que me sugería que regresara después de diez días. Me hice presente exactamente en la fecha acordada y ya la secretaria no era la misma. Tuve que exponer de nuevo mi reclamo a la recién llegada. Me pidió que le diera unos diyitas —así, diyitas— aduciendo que era nueva.

Al mes volví a la carga. La secretaria me dijo que mi caso seguía en estudio, pero que ahora estaba en manos del jurídico. ¡Qué lenguaje! Diez días después fui informado que mi reclamo ya no estaba en estudio. Que ahora estaba en trámite. Total: setenta y tres días en estudio.

Pretendiendo aligerar al máximo mi gestión, averigüé que un tal don Manuel era el encargado del trámite. Quiero aclarar que el mentado don Manuel es un nombre imaginario. No voy a decir el nombre verdadero porque este artículo no es una denuncia; además, lo que importa es que el lector conozca una de las manifestaciones del tortuguismo burocrático. Una especie de desprecio que tiene el servidor público contra los que tienen que ser servidos.

Fui en busca de don Manuel. Lo primero que me preguntó la secretaria fue si yo tenía cita. Al contestarle que no, inmediatamente me informó que don Manuel no me podía recibir, y a continuación me preguntó que para qué lo quería. Al finalizar de explicar otra vez mi reclamo me rogó amablemente que regresara quince días más tarde porque apenas se estaba iniciando el trámite. Transcurridos los quince días estuve puntualmente de regreso. Todavía está en trámite doctor, me dijo la secretaria.

Mi insistencia dio sus frutos. Un mes después, el mentado don Manuel me concedió audiencia. Ni me ofreció asiento. Tenía cara de pocos amigos y una barriga descomunal; eran de esas barrigas que tienen los hombres acostumbrados a disfrutar del placer de comerse cuatro nacatamales y tres libras de chicharrones de una sola sentada. Inmediatamente fui al grano.

Don Manuel me interrumpió en el preciso momento en que yo criticaba la tardanza en el pago de lo que se me debía. Me expresó que ya estaba por finalizar el trámite de mi reclamo, y a manera de justificación del tortuguismo burocrático, con voz engolada e imitando las poses de aquellos altos funcionarios que creen que merecen tener su propio historiador, me explicó, tratando de disimular su madera de subordinado, que el trabajo en su oficina, además de ser sumamente delicado, era tremendamente abrumador. Inmediatamente me di cuenta que parte del esfuerzo verbal del mentado don Manuel estaba encaminado a darme a entender que él no era lora que dormía bajito.

Mientras don Manuel se echaba el discurso, y además lo saboreaba, me acerqué a su escritorio y me puse casi al lado de él, y sin intención de fisgonear pero los ojos son así- vi de pronto, sin querer, que detrás de su sillón, en el suelo, estaba un montón de papeles, entre ellos, mi escrito de reclamo y que dentro de una de las gavetas de su escritorio, que estaba abierta, habían empanadas, cosa de horno, picos, rosquillas y una buena variedad de cajetas. Recogí mi escrito y se lo entregué con naturalidad. El mentado don Manuel ni se inmutó.

Quince días después la secretaria de don Manuel me mandó a otra oficina. Ya todo había sido estudiado. Ya todo había sido tramitado. Total: sesenta días en trámite. Ahora el cheque estaba para firma. Conforme instrucciones de la secretaria, a quien solían llamar asistenta, regresé tres días después. “Doctor Núñez, todavía está para firma”, me dijo la asistenta. Ha estado tan ocupado, que tiene tres días de no firmar nada, agregó la asistenta, refiriéndose a su jefe, al asistido. ¿Cuándo debo regresar?, le pregunté. Venga dentro de quince días, me contestó. Tampoco a los quince días había sido firmado el cheque. El que tenía que hacerlo estaba de vacaciones. Posteriormente estuvo enfermo.

Luego tuvo que salir al extranjero, a un seminario..., dos meses después fue, por fin, firmado. Total: setenta y ocho días para firma.

Pero cuál no fue mi sorpresa que aún firmado no me podían entregar el cheque. Faltaba la contrafirma. Y ya no quiero seguirle contando a usted, señor lector, las peripecias que pasé con la contrafirma, porque son las mismas que pasé cuando estuvo en estudio, cuando estuvo en trámite y cuando estuvo para firma. Y tampoco quiero finalizar haciendo consideraciones sobre este grave problema nacional, porque creo que estaría de más. Pienso que basta este relato, así de escueto, para invitar a la reflexión sobre los extravíos burocráticos del estudio, del trámite y la firma.