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Las creencias religiosas tienen su origen y se vinculan con las convicciones más profundas de los seres humanos. Las que atañen a su visión de la muerte y a lo que puede acontecerles después de la muerte. A la existencia de entidades o fuerzas sobrenaturales que gobiernan su vida cotidiana. O a esa necesidad de consuelo frente a sus límites, miserias y sufrimientos.

Si defendemos la dignidad humana, estas convicciones merecen un profundo respeto, allende el ordenamiento de sus contenidos y su estructura institucional, cuya variedad en el mundo es abundante (la tierra es un mosaico de doctrinas e instituciones religiosas). Constituye una auténtica vileza manipularlas con fines de dominación social o individual, porque se está instrumentalizando la esfera de lo que tradicionalmente se conoce como la espiritualidad de nuestra especie, que mueve sus fibras más íntimas y vulnerables.

Si los obispos de la Iglesia Católica fueran orientadores de los creyentes de su iglesia, en vez de utilizar púlpitos y mensajes para hacer campaña política, los usarían para iluminar la vida espiritual de los fieles, que es la función que les corresponde desempeñar en la sociedad. Podrían por ejemplo, explicarles a los creyentes que su iglesia no practica el terrorismo espiritual y que no existe ese lugar siniestro de llamas y demonios. Que en verdad el mito del infierno no es otra cosa que “un estado de conciencia”, como bien lo definió Juan Pablo II. O podrían aclararles, que ese Dios en el que creen, no es, no puede ser, ese déspota caprichoso y vengativo que describen los intérpretes vulgares del Antiguo Testamento. Que ese Dios, si se cree en su existencia, sólo puede ser una entidad de amor, que no quiere atemorizar a los humanos, sino promover entre ellos una convivencia regida por valores como la paz y los afectos. En fin, es infinitamente vasto el universo de temáticas espirituales en las que podrían concentrar su atención los obispos, si quisieran cumplir con el ministerio que les compete.

Pero no. Estos obispos no son los preceptores de la vida espiritual de los creyentes. Son groseros manipuladores de las creencias populares al servicio de intereses de dominación política de la peor especie. Utilizan los púlpitos y sus homilías para repetir lo que dice la embajadora gringa, y lo que dice el más servil de los mercenarios clientes de las potencias imperiales; ese personajillo que dirige la ONG Ética y Transparencia, y que vive del dinero que le suministran la red NED (National Endowment for Democracy) y la USAID. Los obispos se han convertido en un partido político de oposición ilegal, que sirve a los intereses de las potencias imperiales que practican la injerencia política en Nicaragua (USA y la Unión Europea).

El pretexto para impulsar su campaña política es el mismo que emplean las potencias imperiales: hablar con cinismo del concepto de democracia política. Como les dije en un artículo anterior, ¿qué autoridad moral tienen los obispos católicos para hablar de democracia política? Si estos señores son jerarcas, pertenecen y hablan en nombre de una institución que es el Estado teocrático más antidemocrático del planeta. En este Estado teocrático el poder se estructura piramidalmente de arriba para abajo, sin asignar ninguna representación ni participación sustantiva a los miembros de base. ¿Quién elige al jefe del Estado teocrático, el Papa? Un círculo oligárquico de cardenales que a su vez son nombrados, no electos, por el Papa anterior. ¿Quién elige a los obispos? Nadie. Son nombrados por el Papa. ¿Quién elige a los sacerdotes? Nadie. Son ordenados por los obispos.

El respeto moral, la ascendencia ética, no nos cae del cielo endosada por los dioses. Tampoco se gana enfundándose una sotana. El respeto moral se conquista en la vida, a lo largo de una coherencia efectiva entre discurso y práctica. Entre lo que decimos y defendemos, y nuestras acciones. Por eso, son paradigmas éticos de consenso universal personajes como Martí, Sandino, El Che, Gandhi, o Jesucristo como personaje histórico. Independientemente de que compartamos o no las ideas y causas que defendieron.

Además de su total carencia de autoridad moral, los obispos violentan nuestro sistema jurídico. Constitucionalmente somos un Estado laico. Y un estado laico no puede, no debe, permitir que la cúpula de una institución religiosa se convierta en partido político.

 

* Científico social